El piano cimarrón

- 02 de septiembre de 2015 - 00:00

Eso es la marimba, el instrumento musical del cimarronismo ancestral. La negritud de otros lados prefiere llamarla el ‘piano de la selva’, en esta jam session no se discute el nominativo de pertenencia, pero creemos que fue reinventada en el manigual. Mujeres y hombres cimarrones debieron investigar monte adentro la especie vegetal que mejor convenía a sus fórmulas musicales, cuadrar la ecología de sus creencias con el clima y sus leyes, apaciguar el ánimo de ‘golpe y huye’ consustancial con la vida de cimarrón y combinar con otros instrumentos hasta conformar la orquesta. Jean Kapenda, investigador congolés, me explicó que el lingala es el idioma más musical del occidente de África y si hay un idioma que expresa las sonoridades del cuerpo no es difícil revivirlo cada vez que aquel muere. Más que una filosofía contemplativa es privilegiar su aplicación a los trabajos sencillos y profundos de la sobrevivencia.

Marimba es un genérico para relacionar música con historia, armonías de persistencia cultural y sonidos para el festejo de minucias y grandezas humanas, es la señal de insumisión o emancipación de la creatividad pura. El cimarronismo estableció un fuerte simbolismo liberador en el instrumento y si no era posible de resistencia física e intelectual. O confrontar estados de ánimos de opresor y oprimido, el vencedor fue quien no agotó el júbilo ni permitió la derrota moral en su existencia. La alegría cimarrona, más que esconder la calamidad o abstraerse del dolor infligido por el esclavizador, se lo devuelve en jolgorio, quilombo o marimbeo. Expresiones subvaloradas, hasta este miércoles, por parte de la sociedad dominante o dicho de otra manera por la euforia eurocéntrica americana.

Los colonialistas supieron que el marimbeo era franco desafío a su dominación cultural y no se equivocaban, porque en tiempo de muerte, la gente negra colgaba el instrumento musical y otorgaba relevancia a cununos, bombos, guasás y maracas, además de las voces adoloridas. Apoyándose en el catolicismo, para el choque cultural, metieron al diablo en donde lo sagrado era amplio, total y sin alardes presenciales las divinidades moraban en el ayé o sea ahí cerquita. Convertida la marimba, instrumento y música, en cosa infernal empezó la persecución. Carlos Miñana Blasco publicó un documento de musicología acerca de la marimba, coloca como epígrafe unas líneas de Alfonso Zawadzky Colmenares: “En 1734, en Barbacoas, el fraile franciscano Fernando de Jesús Larrea hizo recogida de todas las marimbas; le trajeron más de treinta y las hizo quemar”. En la ciudad de Esmeraldas, aún en el siglo pasado se mantenía esta persecución, no siempre disimulada, pero la malvada intención era desvanecerla de toda memoria cultural.

La creación de la marimba necesitó agasajarse del silencio, del bullerengue de la manigua y de todo el axê del hombre o la mujer que trabajó con los materiales. Los ancestros, en su combate por la vida, sabían por qué lo hacían. (O)