Participación y ciudadanía

- 02 de octubre de 2019 - 00:00

Hay quienes creen que el fortalecimiento de la ciudadanía pasa por la política pública. Pienso que nada es más lejano a ello porque el punto clave de su fortalecimiento no puede depender de una decisión burocrática sino del propio proceso de participación y ello requiere reflexión sobre las razones para fortalecer la ciudadanía, es decir educación y cultura política.

La cultura política tiene que ver con todo el universo simbólico ligado al poder y a su ejercicio legítimo. De ahí que la educación política sea elemental para el mantenimiento de una forma de organización social que beneficie al ser humano y contribuya en su proceso dialéctico de perfectibilidad.  

El Estado no es la condición necesaria de los avances en términos de ampliación de derechos, es el cambio en la composición de las relaciones de poder que legitiman determinado punto de vista lo que determina la transformación de la acción del Estado, y que tiende a resistirse al cambio cualitativo, en la medida que las lógicas de participación y ciudadanía emancipadora implican abrir una crítica permanente a esas formas de organización.

Desde luego que el cambio cualitativo debe prever un marco jurídico y político que lo posibilite, pero ese marco jurídico y político es históricamente determinado; eso quiere decir que cambia a través del tiempo, y no solo cambia, se subvierte.

Un ejemplo actual lo tenemos en las luchas por la despenalización del aborto en toda América Latina que intentan subvertir una relación social de poder, en este caso ejercido sobre el cuerpo de la mujer. Estas posiciones de crítica no son auspiciadas por el Estado sino por la participación efectiva de los movimientos feministas que buscan un marco jurídico y político que respete y reconozca la responsabilidad que las personas tienen sobre el uso de sus propios cuerpos.

La despenalización del aborto, la legalización del consumo de marihuana, el matrimonio homosexual, etc. subvierten valores que hace poco eran dominantes y me parece que la presión de la ciudadanía ratifica el potencial transformador de la participación ciudadana, ahora para suscitar cambios en la organización de la estructura económica que genera desigualdad, violencia, inseguridad y afectaciones irreversibles al medio ambiente. (O)