Las cartas

- 23 de agosto de 2019 - 00:00

Hoy por hoy las cartas resultan anacrónicas, anticuadas y pasadas de moda. Los mensajes de texto (chats) y los correos electrónicos las han fulminado de una manera irreversible. Escribir una carta fue siempre un hábito intenso, las palabras eran enlaces que nos acercaban a los seres queridos, nos dejaban tocar su corazón y la nostalgia de sus recuerdos. Una carta contenía historias, aventuras, viajes, risas, lágrimas y abrazos que se guardaban en un sobre que viajaba a lugares lejanos. Tomaba semanas o meses en llegar a su destino.

Escribir una carta era una necesidad imperiosa de detener el tiempo e inaugurar los secretos. Escribir una carta era encontrar un refugio para el miedo y para salvar la alegría…

También se escribían y se recibían cartas telúricas y oscuras que mordían la paz y se convertían en dagas inquisidoras que cambiaban para siempre el destino, a esas las quemábamos para que el fuego las libere. Pero los jóvenes de hoy en día no han experimentado el sabor de la espera de noticias que llegan de lejos, no  han sentido la necesidad de recorrer cada palabra, cada párrafo, cada momento escritos con la fuerza de la distancia y el dolor de la ausencia. Ellos han perdido la esencia de la dilación, de la demora, son esclavos de la inmediatez…

Hoy las noticias y los grandes acontecimientos se conocen en segundos, el misterio de las sorpresas se ha diluido en teclas y pantallas. Las palabras se han transformado en sílabas entrecortadas, inconclusas que reducen el universo de los significados y el vocabulario se ha escondido detrás de unos símbolos vacíos.

Las cartas abrían puertas y cerraban círculos, guardaban enigmas y revelaban grandes verdades ocultas. Celebraban la vida y anunciaban las tempestades…

Las cartas de amor susurraban caricias, insinuaban deseos, suscitaban pasiones y refrescaban los sueños… eran las más esperadas y las más escondidas…

Hoy escribiré una carta para mi abuela, le contaré que ya aprendí a conversar con las violetas, le diré también que el aroma del dulce de guayaba se quedó guardado en mi memoria y que sus ojos me enseñaron a descifrar la savia nueva de los arupos… (O)

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