Alegato por la oveja negra

- 15 de agosto de 2019 - 00:00

El nacimiento del término oveja negra es simple: cuando los pastores de rebaños miraban el alumbramiento de una de este tipo, sabían que no podían utilizar nunca su lana porque carecía de valor en el mercado.

De plano eran despreciadas a tal punto que en Inglaterra, durante los siglos XVIII y XIX, el color negro de las ovejas era visto como una marca del diablo. Lo propio les pasó a los gatos de ese color y al resto de herejes bigotudos porque en el medioevo al exterminarlos se propagaron las ratas que a la postre generaron la peste negra o bubónica (ni el flautista de Hamelín habría podido con tantas).

Después, el apelativo de oveja negra pasó a considerarse a una persona supuestamente desadaptada de un férreo núcleo familiar, porque en lugar de estar con el rebaño acaso se iba con el lobo. Ahora, siguiendo a la psicología, en ocasiones estos incomprendidos seres triunfan lejos del ámbito que acaso los oprime.

Incluso el psicólogo social Henri Tajfel llamó el “efecto oveja negra”.  Hay una película mexicana con este título, estrenada en 1949, con la actuación de Pedro Infante; existe un grupo de rock, hay un hermoso centro cultural con ese nombre en Ibarra, pero también un cuento de Augusto Monterroso:

“En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura”.

Sin embargo, un cuento más elocuente, con ese mismo título, pertenece a Ítalo Calvino (disponible en la red). El inicio es fabuloso: Había un pueblo donde todos eran ladrones… Después continúa: “El gobierno era una asociación para delinquir para perjuicio de sus súbditos, y los súbditos por su parte se ocupaban solo en engañar al gobierno. Así la vida se deslizaba sin dificultades y no había ni ricos ni pobres”.

Pero en el pueblo había un hombre honesto. Tal vez aquel era la oveja negra, pero no quisiera adelantar conclusiones. (O)