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El Telégrafo
María Cristina Bayas

Adivinar el futuro

25 de mayo de 2022 - 00:00

Hace unos días, una explosión cerca de la Penitenciaría del Litoral en Daule dejó tres muertos, cuando apenas el país se estaba recuperando de la matanza que hubo en la cárcel de Santo Domingo. Así corren estos tiempos: no hay oportunidad de superar lo que está en curso cuando una nueva sorpresa provoca otro sobresalto.

 

En Ecuador hay demasiados elementos que agregan malestar: asaltos, delincuencia organizada, crimen, caos político, violencia. Y en ese entorno amenazante, qué difícil es imaginarse un proyecto de vida, o soñar con envejecer y morir aquí. Porque la parte de morir se siente demasiado cerca.

 

Para quienes no soportan saber que no tienen el control sobre una determinada situación, vivir en Ecuador, donde hasta finales de abril de 2022 ya hubo 1277 muertes violentas, se ha tornado un desafío.

 

A todo eso se suma la miseria que está en el exterior y en todos lados: enfermedades, encierros, guerra. Incluso hacer planes de corto plazo, como organizar un viaje, se volvió complejo.  Ahora el proyecto consiste en no planear nada porque no se sabe si hay un nuevo virus en el aire o si un arma nuclear acabará con todo.

 

Puede ser que el entorno siempre haya sido así de enmarañado y las malas noticias, sumadas a la posibilidad de comunicarnos en cuestión de instantes globalmente, hayan inflado la sensación de anarquía. Se empieza a palpar la imprevisibilidad que está presente de forma transversal en los textos de Paul Auster. "Parecía poco probable que ahora fuese a tropezarme con él. Pero las probabilidades no cuentan cuando se pasa a la realidad, y el hecho de que parezca imposible que ocurra algo no quiere decir que no vaya a suceder," escribe el autor en Invisible. Y nos recuerda que muchas veces el azar manda; que todo es posible.

 

Y si todo es posible y azaroso, planificar el mañana resulta una necedad.

 

Tal vez el paso a la posmodernidad también nos hizo perder para siempre la visión de futuro y nos hemos instalado en la inmediatez. Nos cuesta, entonces, mantener la esperanza, y muchas veces la concentración por más de unos minutos. El mundo pasa en este instante y no hay forma ni tiempo de prever lo que está por venir. Y vivir en un lugar envuelto en inestabilidad y crimen, hace ver que el mundo que sucede en este instante es, además, peligroso.

 

Por eso he dejado de planificar mi vida y eso produce desconcierto y, de una manera sumamente ajena a mí, también alivio.

 

El mundo es imprevisible, caótico y azaroso. Tan pronto como lo asimile, empezaré a dormir mejor.

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