Acoso en las aulas universitarias

- 09 de junio de 2018 - 00:00

En nuestras universidades, muchas mujeres de mi generación vivimos entre el acoso y la misoginia. La misoginia de docentes varones se expresaba a través de comentarios sexistas que desmerecían las capacidades intelectuales de nosotras como estudiantes.

Estos comentarios, que pretendían minar la autoestima académica de una joven estudiante, fueron poco a poco vencidos por la fuerza de la evidencia: las mujeres éramos las que frecuentemente teníamos mejores notas, cumplíamos los trabajos y demostrábamos tener las competencias suficientes para titularnos. Ante esto, y una matrícula universitaria feminizada, esos comentarios misóginos cada vez se han ido replegando, aunque se pueden mantener en carreras aún identificadas como masculinas en nuestro medio.

Hoy se está rompiendo el silencio frente al acoso en las aulas universitarias. Que las mujeres seamos acosadas en múltiples espacios no constituye ninguna novedad. Las aulas universitarias forman parte de los lugares en donde acosos sutiles hasta más descarados ocurren. Los acosadores de las estudiantes mujeres son compañeros o profesores, pero estos acosos casi nunca son reconocidos como tales porque se han llegado a naturalizar: un piropo, un roce, una invitación, un mensaje insinuante por las redes, fotos, reuniones privadas, son parte de los mecanismos del acoso.

Una relación de poder en la cual una parte tiene la sartén por el mango hace que el acoso se vuelva una situación difícil de sobrellevar y de denunciar por parte de la víctima. Hoy estos temas surgen en muchas universidades del mundo y particularmente de América Latina, donde antes eran silenciados precisamente por su naturalización. En varias universidades de nuestro país colectivos de estudiantes están organizándose y denunciando, se están implementando protocolos de atención a las víctimas de violencia sexual. No obstante, es necesario romper con prácticas conservadoras de los claustros docentes, que frecuentemente hacen espíritu de cuerpo.

Hay que decir que, por cierto, no todos los docentes varones son acosadores, o que pueda ocurrir, eventualmente, que algunas estudiantes quieran sacar algún provecho con sus notas a través de ciertos coqueteos con docentes. Pero esta no es la regla ni significa que sea un peligro para el docente, porque el docente es el que está en la posición de poder. También podría ocurrir que, eventualmente, docentes mujeres sean quienes acosen a jóvenes estudiantes, pero tampoco es usual.

Múltiples mecanismos deben ser trabajados en los entornos universitarios, como la prevención, formación de grupos y redes de apoyo, foros para debatir el tema, guías y material sobre cómo actuar en estos casos y, en definitiva, una cultura de tolerancia cero al acoso en las aulas universitarias, pues debe constituir un ambiente donde prime el pensamiento, la libertad, el pluralismo y la equidad. (O)