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Ecuador/Sáb.23/Oct/2021

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Juzz Pincay Pazmiño

Acento mono

12 de octubre de 2021 00:11

Nunca me ha ofendido que me llamen ‘mona’. Siempre me he sentido orgullosa -palabra terrible- de una forma extraña, de ser de donde soy, de haber nacido en Guayaquil, de hablar más alto. De querer y odiar esta tierra violenta e ingrata.

Una amiga guayaquileña vivió en Quito por dos años, en una ocasión -por molestarla pero también curiosa- le dije que estaba hablando como capitalina, ella me supo responder que era la forma de ser parte de su nuevo trabajo y sus nuevos amigos, que incluso lo hacía porque estaba cansada de la burla de la ‘j’ y la ‘s’. La entendí. No la juzgué porque yo misma intenté eso por años. Harta de que me pidan que diga ‘fósforos’ para reírse dos segundos después, empecé -intenté- hablar más despacio para cambiar mis jotas por las ‘correctas’ eses.

Consciente del cariño y lo divertido de las diferencias me cuestiono por qué debemos desprendernos de eso tan nuestro y parte de nosotros para no ser motivo de risita tonta en espacios políticos o directorios de empresas, por ejemplo. La mujer costeña en estos contextos, que de entrada ya está hipersexualizada (mona puta), se enfrenta al esencialismo de lo que representa nuestra cultura, y eso incluye el acento y el intelecto.

Hace rato que tomé la decisión de hablar como quiero. De que se me note el acento. De dejar de reírme, cuando en espacios laborales y académicos, alguien hace un chiste sobre la forma en la que dije una palabra. Antes, sonreía incómoda para que el momento termine y pasemos al siguiente tema. Lo que sí es gracioso es ver/leer a defensores de la cultura y el progresismo, muchas veces burlarse más del acento que del argumento del rival.

Guayaquil está pasando, posiblemente, por uno de sus momentos más devastadores. Más insegura, más violenta, más triste. Nuestro cielo, opaco, y el sol, contagiado de venganza son parte del escenario de una tierra abandonada por sus autoridades. Y como parte de esto, estamos las monas y los monos con este acento fortísimo pegado a la lengua y al corazón, que hace que el resto nos perciba enojados aunque no lo estemos.

Quiero aclarar que, por supuesto, me río del tema del acento cuando lo hablo con mi novio quiteñísimo y amigues de la capital, pero considero que hay espacios y contextos para hacerlo. Solo quiero invitar a quienes creen que es necesario cambiar la forma de hablar para ser menos burlados en sus espacios de trabajo, a cuestionarse el fondo de esta mofa. ¿Quién realmente necesita desprenderse de concepciones alrededor de los acentos? ¿nosotrxs o el de la burla?

Hablemos como queramos, con las palabras que queramos, con el tono que nos salga.

Bastante tenemos con la realidad guayaquileña como para preocuparnos de como sonamos para no incomodar al resto.

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