Eduardo Kingman Riofrío

03 de marzo de 2013 - 00:00

En Eduardo Kingman merece especial atención su franqueza, generosidad y bondad para con los demás. Fue un hombre cordial y su alma no albergó detalles maliciosos de sentimientos pequeños. Sincero y callado, a veces con explosiones de alegría que determinaban en su espíritu sencillez y espontaneidad.

En varias maneras y desde varios encuentros hizo posible la entrega de su bondad, de su enseñanza y de sus mensajes a otros jóvenes pintores; ayuda que muchas veces fue de carácter material -pinceles, tubos de óleo, papel- y hasta trabajos suyos que fueron obsequiados a noveles artistas. Gustaba mucho tallar la madera desde lo artesanal. Fue su afición trabajar sillas y mesas, como también mobiliario decorativo para distintos ambientes, sin llegar a ser su trabajo de gran detalle; inclusive elaboró sus propios bastidores.

Eduardo Kingman Riofrío, a lo largo de toda su vida, se autodefinió como lojano, sin embargo, nació en Zaruma en febrero de 1913. En Loja vivió con su madre y sus hermanos hasta 1918, cuando partieron para Quito. En esta ciudad estudió pintura y dibujo en la Escuela de Bellas Artes desde 1928 hasta 1930. Para 1931, Eduardo, su madre y hermanos se trasladaron a Guayaquil, donde se inició como dibujante en diario El Universo con la publicación de una tira cómica titulada “Don Pío”.

Durante esos años mantuvo cierto contacto con el Grupo de Guayaquil, si bien el más asiduo fue su hermano Nicolás. En aquel ambiente bullían ideas revolucionarias, fuertes y pujantes, que fueron ganando espacio entre los jóvenes artistas y literatos. Entre los pintores de esos años se recuerda la amistad con Antonio Bellolio, Eduardo Solá Franco y Mario Kirby, y con el escultor Alfredo Palacio Moreno.

De la comunión entre las ideas revolucionarias de denuncia de una realidad opresora a las clases proletarias y su simpatía fraterna por  el ser humano -factor firme en su vida y determinante en su personalidad-, el estar cerca de cargadores y balseros del puerto, ver su realidad diaria de trabajos intensos y bajo condiciones de explotación, como su realidad física, rasgos faciales que expresaban el descontento y la desesperanza, brazos y manos fuertes y endurecidos por las labores extremas, se constituyó en factor que definió su creencia en la representación del ser humano y la denuncia de una realidad que oprimía y destruía. Es así que en 1934 Eduardo sacó a luz cinco obras clave para el arte ecuatoriano del realismo social: “Los trabajadores de la White”, “Cacaoteros”, “El obrero muerto”, “Los balseros” y “El carbonero”.

Tres de las cinco obras: “El obrero muerto”, “La balsa” y “El carbonero” fueron presentadas en la Exposición Nacional de Bellas Artes Mariano Aguilera de 1935.

Curiosamente fue su hermano Nicolás quien emprendió el largo viaje hasta la capital para presentar los óleos.  “El carbonero” es hito en la plástica ecuatoriana por su tema y tratamiento plástico, por representar lo que expuso la generación de artistas y literatos de la década del 30, y porque, a pesar del primer rechazo, el artista persistió al año siguiente con su obra, logrando la aceptación y oficialización de un arte de denuncia por parte del certamen oficial como “Mariano Aguilera”, al obtener el primer lugar en pintura.

Con el retorno a Quito en la década del 30 se plasmaron dos importantes obras como parte de su maduración artística: los murales de La Granja en la quinta de Benjamín Carrión, y la serie de grabados en madera “Hombres del Ecuador”.

Trabajos que marcaron la adopción del tema indígena en la pintura de Kingman y que tendrá lugar primordial durante los siguientes años.

Para 1936, el Sindicato de  Escritores y Artistas del Ecuador (SEA) realizó la primera exposición del poema mural ilustrado. Kingman participó ilustrando la mayor parte de las creaciones líricas, cuyos contenidos se inscribieron en pensamientos revolucionarios, antifascistas y socialistas. José Alfredo Llerena, en la crónica del evento, precisó sobre Kingman como creyente de “que la literatura y la pintura deben marchar del brazo, ambas al servicio de una filosofía social”.

Dentro de este marco ideológico el Sindicato creó en 1938 la Revista del Sindicato de Escritores y Artistas, como órgano de comunicación, y en 1939 las exposiciones de artes plásticas a través de los Salones de Mayo. El Salón de Mayo fue un evento que convocó a todos los artistas para su participación libre de barreras de admisión, en clara oposición al tradicional “Mariano Aguilera”. Eduardo Kingman junto a Diógenes Paredes y Leonardo Tejada fueron los impulsadores de estos salones.

En 1937, el Sindicato de Escritores y Artistas promocionó la publicación de veinte grabados en xilografía de Kingman, que bajo el título: “Hombres del Ecuador” imprimió la Editorial Atahualpa de Quito. La publicación estuvo acompañada por textos en verso de Alejandro Carrión, Augusto Sacotto Arias y Pedro Jorge Vera, bajo los títulos respectivos de: “Claro pintor de mediodías”, “Pintor de la angustia” y “Levantamiento del paisaje y del hombre”.

Ya no solo fueron las imágenes de obreros y trabajadores en el puerto de Guayaquil, sino las de indígenas y campesinos de la Sierra que completaron el universo de representaciones de Kingman.

En “Hombres del Ecuador” el tratamiento de rostros y manos es lo que permitió a Kingman acercarse a la expresión dramática que, sin llegar a expresionismos deformantes, marca una intencionalidad en la transmisión de los estados anímicos y emotivos de los seres humanos representados. Si bien fueron temas con referencia social por la labor en el campo o en la ciudad, Kingman también realizó una incursión en temas universales: la angustia, la soledad, la tristeza, el amor maternal, la desesperanza, la resignación.

Su afianzamiento llegó en 1938 con la exposición de óleos, acuarelas y grabados, en Bogotá, la primera de numerosas exposiciones internacionales. Obra cumbre de este camino es “Los Guandos”, resaltada por la prensa y la crítica del período, y que se muestra poderosa por su composición circular, contraposición de colores ocres y tierras, grises y sombríos del cielo con los fuertes azules y rojos de los ponchos de los indígenas, y del caballo blanco que surca el lienzo.

Realizó un aporte cultural con la apertura y presencia temporal -algo corta- de la Galería Caspicara (1941), situada en el Centro Histórico de Quito, y que le permitió mantener su espíritu inquieto por las artes de su tiempo sin dar mayor importancia al mercado del arte.

En versión de su hermano Nicolás, la galería fue el sitio de reunión de artistas del momento que llegaban para intercambiar opiniones, concebir y generar nuevas ideas culturales y artísticas. En  este espacio cultural realizó algunas exposiciones individuales y colectivas.

Su preocupación artística reflejó constantemente un criterio maduro sobre su profesión. Para 1943 Kingman manifestó la necesidad de abandonar la temática indigenista, convencido de que los valores plásticos de una obra son de extrema importancia, y fue su preocupación experimentar con colores, formas, composiciones, de la mano de temáticas de la vida cotidiana. Propuesta que se puede evidenciar en obra de la década del 50 y con la realización de dos importantes exposiciones en Guayaquil.

Como miembro titular por las artes plásticas en la creación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, colaboró desde el grupo de redacción de la publicación periódica Letras del Ecuador, con imágenes de algunas de sus obras, desde óleos hasta pequeñas ilustraciones en tinta que acompañaban a los artículos de los otros colaboradores. Letras del Ecuador apoyó en la difusión de las actividades de Eduardo durante su segunda estancia en los Estados Unidos.

Fue consciente de que el traer fórmulas foráneas que refrescasen los momentos aletargados del arte ecuatoriano no era más importante que la búsqueda en las propias artes ecuatorianas para encontrar una definición plástica con identidad nacional. En su artículo “Las artes plásticas en 1950”, publicado en Letras del Ecuador, Kingman reflexionó sobre la realidad del arte ecuatoriano una vez transcurridos varios años desde la fructífera década de los treinta que vio el surgimiento del Realismo Social y el Indigenismo: “Porque desde hace algunos años la plástica nacional se encuentra en el cruce de dos caminos a cual más difícil de elegir sin titubeos: mantener una modalidad absolutamente enraizada en la naturaleza y sentimiento de lo nuestro, alejada de los dogmas y escuelas que saturan el arte moderno en general, y extraer del suelo nativo las enseñanzas y consecuencias para construir un arte decididamente ecuatoriano, o por el otro lado, desvincularse de cualquier localismo aprisionador, y asociarse a las corrientes universales de la plástica”.

El universo de creación de Kingman abarca un cuantioso número de obras, y que inclusive hablan de la incursión en la ilustración de un proyecto educativo, como lo fue la obra “Historia del Ecuador”, editada por el Ministerio de Educación en 1962.

El período de gran producción se dio en su “Posada de la Soledad”, en San Rafael, en el Valle de los Chillos. Un hogar entrañablemente querido por el artista, donde sintió verdadero esparcimiento físico y espiritual. La “Posada de la Soledad” representó el recuerdo de su tierra lojana, por la sencillez de su arquitectura, la particular colección de objetos y piezas de arte colonial, sus libros y un viejo aparato musical para escuchar su música preferida.

La obra de Kingman fue valorada comercialmente y los nuevos compradores de arte -nacionales y extranjeros- se vieron motivados para adquirirla durante la bonanza económica de los años 70 y 80. Este fenómeno representó la característica de una sociedad comercial en cuanto se refiere a coleccionar obras del maestro. Fue notorio el coleccionismo de parte de instituciones de gobierno, banca, y de particulares nacionales e internacionales. Eduardo produjo mayor cantidad de cuadros frente a un mercado demandante, sin dejar de ser consciente de su rol como artista en la sociedad y de su ideología sobre el arte y el ser humano.

El escritor y pintor cuencano Patricio Cueva, amigo íntimo de Eduardo, manifestó: “Eduardo Kingman siempre fue el mismo artista del primero al último cuadro”.

Kingman se mantuvo en su manera de ser sin sucumbir ni claudicar ante otros estilos que le resultaban postizos y ajenos. Recibió a lo largo de su vida el reconocimiento de su práctica y el desarrollo de su creación artística, a través de homenajes y condecoraciones por parte de instituciones culturales nacionales e internacionales.
 
1986 fue un año muy importante para el maestro Kingman, cuando recibió una de las mayores condecoraciones a nivel nacional, el Premio Eugenio Espejo a las Artes Plásticas. Con unas palabras cortas, pero a la vez sinceras, expresó: “Nada me ayuda a explicar mi labor, a no ser el hecho de haber vivido mucho. O, acaso, el que esa larga vida se haya visto impulsada por una intensa pasión por encontrar un lenguaje adecuado para expresar el sentir de un pueblo, el pueblo de mi patria, al que amo y el que me ha mostrado el camino para que una obra de arte pueda ser digna de representarlo sin mentiras ni disfraces. Con esa noble materia he moldeado mi obra cuyas cualidades -si las tiene- no soy el indicado a juzgarlas, pero  quedará como un honesto testimonio de una manera de sentir a través del arte…”.

Gustaba mucho del café y del cigarrillo, y al compás de un tango de la “vieja guardia” compartió la creación de sus obras. Una enfermedad degenerativa le condujo al deceso por leucemia. En noviembre de 1997 se apagó su vida totalmente dedicada con entrega y pasión al arte.

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