Especial

‘Juyungo’, 70 años y un después

- 17 de marzo de 2014 - 00:00

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Preludio del pie bloqueando la puerta

No es un mal pensamiento, ni Eleggua (el abridor de caminos) lo permita: la literatura negrista fue el pie que impidió el cierre definitivo de la puerta al caudal poético negro de Latinoamérica. Aquellos “sonidos armoniosos” sorprendieron los oídos de una burguesía empachada de versos del Olimpo europeo, mientras dejaba para otros descubrimientos el ‘realismo mágico’ que estaba ahí mismo, en el umbral de la puerta. Admitía el ‘realismo social’, porque el eurocentrismo había inventado las teorías socialistas, los angelitos blancos, la dictadura de la belleza griega, la estética de la fonética, las armonías de las sonoridades; idiomas eran los de Europa, los demás se rebajaban a dialectos. Luis Palés Matos (Guayama, 20 de marzo de 1898-Santurce, 23 de febrero de 1959), en Danza negra ilustra con repiques de bomba: 

 

Calabó y bambú.

Bambú y calabó.

Es el sol de hierro que arde en Tombuctú.

Es la danza negra de Fernando Poo.

El alma africana que vibrando está

en el ritmo gordo del mariyandá.

 

O el habla seseribó de Nicolás Guillén (Camagüey, 10 de julio de 1902-La Habana, 16 de Julio de 1989):

 

Sóngoro, cosongo,

songo be;

sóngoro, cosongo

de mamey;

sóngoro, la negra

baila bien;

sóngoro de uno,

sóngoro de tré(1).

 

Y en Ecuador así tuntuneaba Adalberto Ortiz Quiñónez:

 

Canta un negro renegro,

Venido del Telembí:

Sambambé, zamabambú

Cachimba, cacherimbá(2).

 

Estos versos de sonoridad membranófona son tomados de Cantares negros(3), publicados entre 1938 y 1940, en el suplemento literario que tenía en ese entonces EL TELÉGRAFO.

 

Viajando en el asiento de atrás

César Eduardo Carrión, en la revista del Centro Cultural Benjamín Carriónre/incidencias Nº 7, comenta sobre Juyungo: “…la primera parte del libro es el trabajo sobre el ritmo acentual de los versos, que imita la poesía oral de los poetas populares (los decimeros esmeraldeños), quienes usan esa estructura silábica como recursos mnemotécnicos”(4). Esa celebración de la sonoridad de la palabra, para quebrar cristales de indiferencia o abandonar bellos sonidos en los oídos del hegemonismo social y racial. La burguesía latinoamericana cultivaba ceguera y sordera como las flores podridas del racismo, no admitía otras artes que no fueran las ahijadas de sus salones ni a otros artistas que no estuvieran validados por apellidos, pertenencia social certificada o admitidos por alguna extraña misericordia. El negrismo, en la literatura, es la aceptación condicionada a viajar en el asiento de atrás o viajar incómodo, pero agradeciendo el favor.

Adalberto Ortiz comienza por ahí, por la raíz, con las dificultades personales y sociales, sin querer traicionar en el reconcomio el mandato de la memoria, aprendido y querido; deseando expresarlo encontró, no en la ruptura (negritud), más bien en la aproximación sonora (negrismo). César Eduardo Carrión explica esta vertiente poética: “Esta lógica compositiva está enriquecida, entre otras técnicas, por las onomatopeyas y las llamadas jitanjáforas (palabras sin mayor significado que el de expresar la musicalidad del conjunto y servir como conectores rítmicos)”.

 

Las bombas cayeron al otro día

Adalberto Ortiz nació hace 100 años, el 9 de febrero de 1914, en Esmeraldas. Un día después la ciudad sería bombardeada por la Armada ecuatoriana y se sobrevivía en medio de la guerra civil; apenas unos días antes los montoneros habían desocupado Esmeraldas dejando instalada una leyenda. Él creció escuchando el nombre, aplaudido y apedreado a la misma vez, de uno de los comandantes cimarrones: Federico Lastra. Su abuela y otras mujeres de su medio familiar debieron contarles historias de esta personalidad, con humores y resabios que lo volvían simpático o luciferino. El apodo debió ser el resultado de esta confusión primera: Juyungo(5).

Ronna Smith, en Vida de Adalberto Ortiz(6), cuenta que apenas cumplidos los 3 meses se fue con madre y abuela a Guayaquil huyendo de la guerra civil. Su padre se había integrado al bando gubernamental, no era buen soldado pero ayudaba en lo que podía, después fue secretario de la Dirección Provincial de Educación. No lo volvería a ver sino cuando cumplió 11 años, pero la relación no fue de las mejores. En una entrevista el escritor confesó que fue hijo de abuela y tías, porque su madre se metió a un convento, vaya usted a saber por qué agobios, su padre fue comerciante sin lugar fijo, vendiendo y comprando lo que podía. Negado para el éxito en los deportes, padeciendo el medio hostil discriminatorio de Guayaquil, soportando las carencias económicas, todo eso le dio temple cimarrón para buscarse triunfos con el intelecto. El día que se tomó en serio la escritura ya había agotado las ilusiones de ser científico, ingeniero, músico o millonario.

 

Los pasos perdidos de una novela

No es ley de la vida, pero parece: el escritor se cocina en el jugo de sus decepciones, merecimientos, desilusiones, sueños fallidos y busca los pasos perdidos de una obra, mucho tiempo percibida, que no termina de armar, porque casi siempre  estorba el miedo al fracaso. Adalberto Ortiz redescubrió Esmeraldas al volver de Guayaquil a los 11 años, la guerra civil ocupaba las conversaciones y la fiera de la frustración rondaba las esquinas: todavía no había luz eléctrica y el agua se acarreaba a hombros de peón. Era lo que le faltaba: la particularidad natural de Esmeraldas. Un río por el cual navegó hasta Quinindé, con las paradas en caseríos ribereños y el encuentro con la gente y sus inagotables leyendas contadas a luz de mecheros o bajo la luz vacilante del farol que señalaba la caleta a los navegantes fluviales. Unos metros más allá la selva con sus bullicios cambiantes según la hora del día o de la noche, la oscuridad que parecía empastarla o la fresca lumbre de luna que jamás volvería a ver en ninguna parte. Esa dócil luz de aluminio limpio creaba un país de sombras desde el pie de la ventana hasta un horizonte indefinido, esa imagen le causaba desasosiego, sin quererlo ni buscarlo, porque ponía a discutir al poeta y al pintor, ambos indecisos en su progreso. Años después saldaría esa discordia, con sus poemas y sus cuadros. El día que Adalberto Ortiz se devolvió de Esmeraldas, tenía la memoria llena de prodigios que quizás le faltó otra vida para escribirlas o pintarlas.

 

Volviendo a vivir el folclor de su pueblo

Ronna Smith en sus líneas biográficas lo muestra patentemente humano, por sus dudas y desenlaces; revaloraciones de ciertas verdades y rupturas con decisiones calladas; la soledad impuesta por el aparejamiento de sus imaginarios con el derrotero hacia el arte más cómodo con su personalidad. Para 1928, ingresa en el colegio Normal Juan Montalvo, de Quito, había recibido una beca y debió ser una oportunidad para evaluar su potencial: fue un alumno sobresaliente, incluso en las ciencias. Por la indagación de R. Smith se sabe que las dificultades económicas para regresar a Esmeraldas se convertían en oportunidad para conocer mejor el alma del personaje en invención, Juyungo, y su mundo natural. 125 millas de Alóag a Quinindé, caminando una media de 22 millas diarias, luego en canoa hasta Esmeraldas, era lo que necesitaba para afinar sus futuras narraciones y componer la paleta para sus cuadros.

Esta nota es clave en su vida, y R. Smith la cita completa, pero aquí tomaremos aquello que más sirve para este ensayo dominical: “Hasta mis 23 años, no me había preocupado mayormente por la literatura… No fue hasta 1937, cuando retorné a Esmeraldas, a bordo de un motovelero, procedente de Guayaquil, que tropecé con un libro que despertaría en mí una seria afición por las letras. Acababa de obtener el título de Profesor Normalista, un poco tardíamente, como todo lo que hago, y regresaba a servir a mi provincia natal. Mi compañero de cabina, (profesor Kruger Carrión) otro normalista, me había facilitado una antología de poesía negra hispanoamericana, Emilio Ballagas. Al terminar su lectura, quedé deslumbrado por los ritmos negroides que bullían en mi propia sangre, sin saberlo. (…) Al arribar a Esmeraldas volví a observar los “bailes de marimba” y a vivir el folclore de mi pueblo”(7).

El día más feliz de su vida fue cuando Emilio Ballagas le mostró su última antología titulada: Mapa de la poesía negra americana, publicada en 1946, e incluía algunos de sus poemas.

 

En eso se encontró con EL TELÉGRAFO

Adalberto Ortiz comenzaría a peregrinar con su libro Tierra, son y tambor queriendo convencer a editores de Esmeraldas que aquello era poesía, pero de ahí, de ese vecindario. No fue posible, debieron publicarlo en México. Al parecer, ni esa publicación convenció, porque debió buscar apoyo en Guayaquil, en quienes años más tarde serían llamados la Generación del 30(8). El escritor contó su encuentro con el grupo: “Cuando vine con Tierra, son y tambor bajo el brazo se lo mostré a Joaquín Gallegos Lara. Impresionado él, me los hizo publicar en El Telégrafo. Leyeron los poemas los otros del Grupo y en seguida llamaron a Gallegos para preguntarle: ‘¿Quién es el nuevo poeta que has descubierto?’ Entonces me introdujeron en la Sociedad de Escritores y Artistas Independientes, que ellos habían formado”(9).

 

“Mi literatura negrista”

Esta es una confesión de los vientos cruzados que soplarían en su ánima cultural: “Siendo yo un mestizo de negros y de blancos, mi personalidad literaria se orienta constantemente en una dicotomía, de tal modo que a veces abordo, tanto en fondo como en forma, temas de la negritud, otras de mestizos, y también hago literatura que bien podría ser firmada por hombres de raza blanca”(10). Así se retrata en el ensayo publicado en la revista de la Universidad Católica del Ecuador, de marzo de 1975, y reproducido por re/incidencias. Y se decide al fin escribir la novela que en esos años había ido cocinando a fuego lento entre deseos apenas refrenados por la cautela de ese ‘algo’ indescifrable que suponía faltaba y las secretas ganas de consagrarse a la escritura como rutina de creatividad; ya estaba a punto de aliño: la escribió en menos de 2 años, de 1939 a 1941, para 1943 la envió al concurso anual de novela latinoamericana de la casa editorial de Nueva York Farrar and Rinehart. No ganó, pero fue declarada la mejor novela del Ecuador.

Sí, el éxito le llegó con Juyungo. La novela fue publicada en Buenos Aires, por Colección Lee, en 1943, y comienza viendo y oyendo el sentir de la selva: “Marimba y buba. Buba y marimba. Relucen los machetes lo mismo que los ríos rutilantes de sol a sol. Su pavoroso tin-tin brinca retumbando desde los puntales de guayacán. Distante la pena. Gorgoriteó el gran sapo bamburé. ¡Gran Dios! Hay gente que teme por su cabeza. De la selva emergieron ébanos soberbios de nocturnos corazones, testigos sin lengua de las múltiples hazañas de algún negro cimarrón. Los blancos dijeron muchas cosas. Los blancos hicieron peores cosas. Hasta los cayapas prescribieron: ‘donde entierra juyungo no entierra cayapa’. A poco pian pian. Marimba sobre marimba. Pero un día brotarán de aquí, de allá, y de más allá, cien mil como aquel lejano Zumbí de los Palmares”(11). El maestro Adalberto Ortiz Quiñónez cumple su primer centenario de nacimiento y su novela, muy nuestra también, 71.    

 

Notas:

 1. Antología de la poesía latinoamericana de vanguardia, edit. Hiperión, Madrid, 1996, págs. 306-307.

  2. Revista del Centro Cultural Benjamín Carrión, Nº 7, julio 2013, re/incidencias, pág. 182.

  3. Se trata del poemario Tierra, son y tambor (cantares negros y mulatos), ediciones La Cigarra, México, D. F., 1945.

  4. Estas líneas tienen como fuente principal los ensayos sobre Adalberto Ortiz Q. publicados en re/incidencias Nº 7, 2013. Cit., pág. 182.

5. Voz cayapa (hoy cha’palaachi), que significa mono, hediondo, diablo y que los cayapas (ahora Chachis) aplicaban al hombre negro. Tomado de Juyungo, editorial Libresa, Quito, 2006, pág. 79.

6. Publicado en re/incidencias Nº 7, págs. 285-326.

7. Óp. Cit. Pág. 289.

8. Estuvo integrado por los escritores Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert, Alfredo Pareja Diezcanseco y José de la Cuadra.

9. Óp. Cit., pág. 290.

10.  Óp. Cit., pág. 324

11.  Juyungo, editorial LIBRESA, Quito, 2006, pág. 80.

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