Carta rosa

- 23 de agosto de 2019 - 00:00

Yo siempre he sido normal. No es de ahora, es de mucho antes de que egresara de la escuela secundaria. Desde ese entonces me siento igual a los demás. Ahora que la gran mayoría de la gente me aprecia, me siento más normal. Hace unos días me armé de valor y subí a Facebook una foto donde besaba a mi gran amor.

A Marta la conocí un sábado. Entró muy guapa a la cafetería donde yo trabajo. Se sentó en la mesa cinco, justo en el área que yo cubría.

Pidió un expreso bien cargado y unas galletas con mantequilla. No podía dejar de mirarla desde la barra cómo saboreaba esa mezcla dulce y salada, la de galletas con cafeína. Esa era la cafeína que me encantó desde aquel día, la de sus ojos color almendra.

Dejó propina y sobre la servilleta escribió su número de celular acompañado de un lindo verso: “Me gusta cuando me miras, dilatando las pupilas”. Esa misma noche la llamé al llegar del trabajo. Sabía mi nombre por el membrete de mi chaqueta de Starbucks. Quedamos en vernos al día siguiente a la salida de la cafetería e irnos a caminar por la noche fría.

Era martes y hacía frío. Caminamos por el prado y por las calles del bulevar. Nadie miraba, ni sospechaban.

Marta temblaba. A mí me sudaban las manos. Se fue acercando poco a poco. Avanzaba como tigre acechando a su presa. Me besó los labios. Beso tras beso fue devorándome, bebiéndose mi alma, desnudándome sin quitarme la ropa.

Un día nos fuimos de paseo a la playa. Ahí tomé la foto dándonos un beso pequeño debajo de un peñón que abrazaba la espuma de las olas del mar. Esa subí a Facebook.

Mi amor tiene el pelo corto y labios carnosos y usa aretes, como yo. Escribe poesía y me dedica versos sentidos. Siempre recuerdo el primer día que nos vimos. Llevaba puesto un vestido blanco con un lazo celeste sobre la cintura, los labios color carmín y unos aretes de ajonjolí. (O)

Pablo Virgili Benítez