Cartas al Director
Señor Director de El Telégrafo
Quito
Los argumentos para sostener la permanencia eterna del capitalismo van desde los sofisticados del filósofo nipo-norteamericano Fukuyama, quien escribió “El fin de la historia y el último hombre”, y que concebía a ese sistema como definitivo y eterno, hasta las perogrulladas -o de algún modo sofismas- que afirman -palabras más, palabras menos- que, junto con defectos, el sistema de marras presenta virtudes, como la de la acumulación, o que “el alma humana” es proclive a la iniciativa privada y a su apego a la riqueza, a la apropiación de un capital.
La acumulación, señor director, es precisamente el vicio fundamental del capitalismo, y no consiste en otra cosa que en engordar la riqueza malhabida, fruto de la apropiación de la plusvalía, parte del trabajo que el patrono roba al trabajador. Por más que se hagan malabares, como el de un capitalismo de rostro humano, por más que teorías como el keynesianismo o el neokeynesianismo reencauchen transitoriamente a un sistema cruel e inhumano, el capitalismo, como toda forma de organización económica de la sociedad, deberá dar paso a una nueva.
Ella no puede ser otra cosa que el socialismo. No aquel que fracasó, el llamado “socialismo real”, fracaso que obedeció a querer organizarlo todo desde el Estado, y que corroe el sistema vía corrupción. Sino a algo que, aunque borrosamente, concibió el propio Marx. Él dijo que el socialismo será “una asociación de productores”. Si se desarrolla este concepto, el verdadero socialismo debe partir de la organización comunitaria de la sociedad para la producción de bienes y servicios, sin fines de lucro ni de acumulación.
Por eso, un verdadero socialismo del siglo XXI solo puede ser tal en la medida que vuelque su potencial a estimular la formación de este tipo de empresas, hasta convertirlas en la única forma legítima de organización social. Ya dirán, claro está, que eso es injusto, que la Constitución permite formas diversas de propiedad, etc. Pero el feudalismo también condenó el advenimiento de la sociedad burguesa, considerándola injusta. A este socialismo le será consustancial la libertad y los derechos humanos. Y solo él podrá poner en vigencia la divisa de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Atentamente
Jaime Muñoz Mantilla
C.C. 1702447747
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