Turismo sin vocación
Fin de semana. Laderas del volcán Tungurahua. A medio camino vemos un letrero: “Mirador. Entrada: un dólar”. Aparece una señora que cobra el dinero y nos dice: “Este es el mirador”. No nos hemos movido un paso de donde estábamos y nos damos cuenta de que no se ve nada. Entre sorprendidos e irónicos preguntamos: “¿Y qué es lo que se puede mirar?”. “¡Ah! -responde- el volcán, pero como está nublado ahora no se ve nada. Mejor venga para acá”, añade. Caminamos unos pocos metros y nos enseña el gallinero, una llama y el criadero de cuyes. Ingenuamente pensamos que nos iba a llevar “al mirador”. Un poco perplejos, atinamos a preguntarle que quiénes visitan el sitio.
“Los gringos”, responde y nos regala una granadilla como despedida de un paseo que no duró más de diez minutos.
Este tipo de timo existe en todos los lugares de gran afluencia turística en el país: se ofertan entradas a museos que resultan ser la sala de la casa de alguna familia o paseos para avistar aves sin ninguna explicación ni contexto (“mírelas, ahí están”, eso es todo).
El maltrato al turista no termina ahí: en temporada alta de vacaciones se ofrece como alojamiento lugares insalubres, poco ventilados, ruidosos y sucios. Nadie debería ofrecer como hospedaje un lugar que no cumple los mínimos estándares de servicio, que resulta humillante e indigno.
Entre otros problemas están los baños públicos: malolientes, sin agua potable ni controles sanitarios elementales; el ruido imparable e insoportable sobre todo en las zonas de playa; el exagerado precio de la comida y la generalizada no emisión de facturas… Si buscas fuera de tu casa un sitio decente donde alojarte y comer, tienes que pagar precios medios y altos.
El transporte público merece un capítulo aparte, pero, en resumen, a más de la irresponsabilidad generalizada al conducir, los usuarios deben soportar paradas interminables, porque recogen pasajeros en cualquier lugar, e incomodidades porque los acomodan de pie o sentados en los pasillos; pocas veces hay basureros o baños; se deben soportar vendedores y contadores de historias, horas de música estridente y películas tipo B; los asientos están en mal estado, las ventanas atoradas y parece que la última limpieza de interiores fue hecha en el siglo pasado.
Ojalá algún día se controle a todos los sectores involucrados en el turismo, se establezcan estándares mínimos, se den permisos... y también sanciones.
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