Transgénicos, ¿a quién creemos?
Luego del enlace ciudadano del 1 de septiembre de 2012, cuando el presidente Rafael Correa planteó abrir la discusión sobre los beneficios o no de los transgénicos (TG) en el Ecuador, manifestó su desacuerdo frente a los candados que contempla la Constitución en materia de TG, y demandó que los científicos del país realicen investigaciones en esta área. El revuelo de opiniones, a favor y en contra, no tardó. Participé como investigador en el mencionado enlace ciudadano, explicando los transgénicos de manera general y abogando porque se permita su investigación, vedada por tergiversaciones de muchas de las instancias estatales.
Se ha generado el ambiente de debate nacional: reuniones, talleres, seminarios, conferencias, entrevistas y más. La discusión fundamentada es siempre enriquecedora y, en materia científica, debe basarse en datos. De los argumentos que he logrado recopilar, se evidencia que, en diferentes niveles, cada grupo a favor o en contra se respalda en trabajos extranjeros sobre los efectos de semillas transgénicas o productos.
Quienes atacan los TG mantienen una línea de argumentación clásica, hacen referencia a estudios en tal o cual sitio, a demandas de grupos sociales y campesinos, a intereses de transnacionales, a cuantiosas ganancias y servilismos. Somos muchos los investigadores con ADN que estamos a favor de la tecnología transgénica en el Ecuador y, por conocer a profundidad estas técnicas, no nos dejamos engañar por el bullicio; demandamos investigación soberana y nacional. Conocemos los trabajos hechos afuera con los que se deleitan los opositores a los TG y también conocemos las investigaciones que ahondan en los beneficios; por ello planteamos investigar nosotros los TG, con independencia y soberanía.
Mi posición como genetista es clara y la mantengo luego de estas últimas semanas de debate. Frente a la controversia sobre los efectos de los TG para uso en la alimentación (ya que nadie se ha opuesto a las otras aplicaciones como vacunas, anticuerpos monoclonales, biorremediación, biocombustibles, control de plagas, etc.), resulta mandatorio investigar a fondo sobre los posibles daños que reportan quienes están en contra de su uso y sobre los beneficios que sabemos tiene la tecnología de transgénesis. El desafío es, por lo tanto, y como lo ha planteado el Gobierno: investigar, sacar nuestras propias conclusiones, no creer a los interesados de uno u otro lado, incluso, diseñar nuestros propios TG con aplicación nacional.
Debemos ser precavidos, cumplir con las normas de bioseguridad existentes, tener comités de control y avances de investigación con TG, pero lo que no podemos es temer una tecnología que nos incluirá en el ambiente científico moderno e internacional. Yo no acepto que sin investigación propia se quiera convencer a la población ecuatoriana que los TG son malos.
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