Teórico y práctico del poder
La frase de Winston Churchill, define claramente lo que es un hombre de Estado: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.
Después del 11 de abril, la incógnita que millones de ecuatorianos tienen sobre el presidente electo, Guillermo Laso, es descubrir si es el teórico y práctico del poder para mover hábiles operadores políticos para en la Asamblea Nacional, lograr reformas y crear leyes que coadyuven en la reconstrucción de la economía nacional.
Si a los nuevos asambleístas les duele Ecuador, ésta función debe entregar lo mejor de sí en beneficio de la gobernabilidad para cerrar acuerdos transparentes y públicos que faciliten romper el círculo vicioso que impide reactivar la economía sin antes controlar la pandemia de Covid 19. La alternativa, vacunar a la mayor cantidad de personas lo antes posible.
Un gobernante se anticipa al futuro, no endosa sus errores a quienes lo suceden en el cargo ni gobierna mirando las encuestas, así como tampoco inaugura obras para recibir aplausos. Sueña con un imposible, sabiendo que es posible; es un líder conductor con visión de un país progresista, y empuña fuertemente un modelo económico y social para impulsarlo en beneficio de su pueblo.
La clase política ecuatoriana, en gran porcentaje, es improvisada y ha llegado a ocupar espacios de poder no precisamente por méritos intelectuales y logros académicos, sino por su habilidad camaleónica para acomodarse en el entorno según su conveniencia, llegando incluso a aceptar disposiciones ilegales o ilegítimas.
También proliferan los políticos de tarima, aquellos personajes populacheros que intentan contrarrestar su escasa o nula preparación y conocimientos con atributos histriónicos, deportivos o artísticos. Es cierto que las condiciones de confrontación en la cual se desarrolla la política contemporánea del país, acentúa la carencia de líderes con una visión global de servicio público y con la mirada puesta siempre en los objetivos comunes de largo plazo, más no en los personales del día siguiente.
Es probable que entre los pocos políticos preparados y capaces que se encuentran en activo haya alguno o varios que tengan las características necesarias para convertirse en futuros estadistas, pero la ausencia total de debate los invisibiliza por completo.
No todo político es o puede ser estadista. A él le corresponde generar un cambio de expectativas, así como sacar al país de la recesión, recuperar y poner a funcionar todo el obeso sistema del estado.
Sería dable encontrar en el presidente electo, al humanista que gobierne a su pueblo con firmeza pero sin que sus decisiones vulneren ninguno de los derechos fundamentales de los ciudadanos. El país aguarda por el político que respete y defienda el Estado de derecho, incluso por encima de sus ambiciones personales. Necesitamos al gobernante serio y eficaz que conduzca el destino de la nación hacia un objetivo histórico de superación, estabilidad y desarrollo; aquel que ejerza su cargo con dignidad y altura en un ambiente de diálogo, respeto y conciliación. Soñamos con haber elegido al auténtico mandatario.
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