Socialismo del siglo XXI: Perder sin dignidad
En Ecuador, hay políticos para quienes perder las elecciones no es una posibilidad democrática, sino un crimen de lesa humanidad, especialmente entre la viudez que produce el socialismo del siglo XXI, la autocrítica no existe. No se dan cuentan que patalear no es resistir y cuando caen derrotados en las urnas, jamás se preguntan que hicieron mal, inmediatamente gritan fraude, denuncian conspiraciones y -por supuesto- acusan al “imperio” de manipular a las pobres y desgraciadas mentes del electorado.
¿Pruebas? ¿Para qué? No las necesitan, basta una rueda de prensa llena de adjetivos, una batería de insultos y una reunión del buró con foto familiar incluida, para demostrar “unidad monolítica”, así construyen su narrativa, si no ganan, entonces el pueblo fue engañado, el arbitro comprado, la prensa corrupta vendida y el capitalismo malvado activado.
Lo tragicómico es que muchos de estos indignados, entre los que inclusive aparecen presidentes y dictadores actuales de Hispanoamérica que, son los mismos que gobernaron durante años y siguen destruyendo economías y repartiendo miseria envuelta en promesas. Ahora, cuando la gente vota diferente, en lugar de reflexión ofrecen espectáculo, pataletas públicas, victimización globalizada y teorías deschavetadas que harían sonrojar a cualquier novelista de ciencia ficción.
Mientras tanto el ciudadano que madruga para trabajar y entiende mejor la democracia que muchos de sus supuestos líderes, asiste con resignada ironía a la pantomima de los que no saben perder. Hoy el pueblo ya no se traga ruedas de molino ni el cuento de siempre. No fue la CIA, ni el FMI, ni la conjunción planetaria, fue la voluntad popular de jóvenes, adultos y valientes adultos mayores, nuestros queridos y respetados viejos que, se expresaron simple y contundentemente.
La izquierda populista debería aprender que, perder también es parte de la democracia y cuando no lo hacen, no solo desprecian a sus adversarios, sino insultan la inteligencia del pueblo que dicen defender, Albert Camus lo ilustra perfectamente en “Cartas a un amigo alemán” cuando expresa “toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo”.
En vez de llorar fraudes imaginarios e improbables, quizás deberían escribir un tratado para enseñar como perder las elecciones y culpar a todo el mundo, para que lo suscriban los mismos que se niegan a entender que el país ya les pasó la página.
Si el prófugo y sus secuaces, los ilusos o indocumentados seguidores y uno que otro necio, se preguntan ¿quién saboteó su revolución? Desde esta columna les escribimos la respuesta: ¡EL PUEBLO!
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