Populismo S. A. La industria de fabricar pobres agradecidos
POPULISMO S.A.
La industria de fabricar pobres agradecidos
La política ecuatoriana tiene la extraña virtud de parecer una tragicomedia donde el libreto cambia, pero los actores repiten el mismo gesto, prometer redención inmediata a un pueblo que, entre la esperanza y el hastío, termina financiando su propia desilusión.
Desde una sensata perspectiva de ciudadanía, no como dogma, sino como defensa de la institucionalidad, el mérito y la responsabilidad individual, el problema no es la pobreza, sino la explotación política de la pobreza.
El populismo, particularmente el de raíz revolucionaria, ha entendido que no necesita resolver los problemas, basta con narrarlos mejor. En ese teatro, el ciudadano deja de ser individuo para convertirse en “pueblo”, una masa abstracta que sirve como argumento emocional y excusa permanente. La política, entonces, abandona la gestión para abrazar la dramaturgia.
No es casual que en Ecuador el populismo haya sido una constante histórica, con líderes que han cultivado una relación casi mística con las masas, sustituyendo instituciones por carisma.
Como señalan diversos estudios, el discurso populista se apoya en la polarización y en la construcción de un antagonismo simple “pueblo vs. élite” para consolidar poder, precisamente ahí radica su trampa para
simplificar lo complejo y gobernar sin rendir cuentas.
La progresía, en su versión tropical, ha perfeccionado la demagogia como arte menor, pues promete igualdad destruyendo los incentivos que la hacen posible. Se condena al mercado mientras se vive de él, se denuncia al empresario mientras se recauda de su esfuerzo, se proclama justicia social mientras se administra miseria con retórica épica.
Ya lo advertía el doctor José María Velasco Ibarra, con una frase tan vigente como incómoda: “Dadme un balcón y seré presidente”. Una confesión brutal sobre el poder de la palabra por encima de la sustancia, sobre la política convertida en espectáculo antes que en responsabilidad.
Y si ampliamos la mirada, el peruano Mario Vargas Llosa lo resumió de manera contundente: “El populismo es la enfermedad de la democracia”. No porque movilice al pueblo, sino porque lo infantiliza, lo acostumbra a exigir sin producir y a creer sin cuestionar.
El drama ecuatoriano no es ideológico, es cultural, se ha confundido solidaridad con subsidio eterno, liderazgo con caudillismo y justicia con revancha. Mientras tanto, la institucionalidad, ese edificio aburrido pero necesario, se erosiona, tal como la democracia, entre aplausos y consignas.
Desde la ciudadanía, la respuesta no puede ser tibia ni meramente técnica, hace falta una narrativa que reivindique el esfuerzo sin complejos, que entienda que la libertad económica no es un privilegio sino una condición para la dignidad.
Gobernar no es emocionar, es administrar límites, tomar decisiones impopulares y construir futuro sin necesidad de balcones.
Porque al final, el populismo no fracasa cuando empobrece -eso lo hace con eficiencia- sino cuando deja de ser creíble.
En Cuba, Venezuela o Nicaragua por ejemplo, el ciudadano ha descubierto tardíamente que, la revolución era solo un monólogo… y él, apenas un espectador que pagó la entrada…
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