Nos cansaremos de fútbol
No hay el buen clima de otras veces. Para este Mundial la pasión por el fútbol sigue intacta, pero choca con la desocupación masiva que hunde a los pueblos europeos y con la protesta social brasileña, esa que, si bien ataca al sistema político y no especialmente al gobierno de Dilma, muestra su frontal rechazo a un gasto enorme e innecesario.
El negocio se va comiendo al deporte: quienes tenemos muchas décadas de vida podemos atestiguarlo. A diferencia de la década del sesenta, por ej., ahora se juega hasta tres partidos por semana, a veces dos de las ligas locales y uno de las internacionales, y hasta incluso dos de estas. La fiesta debe seguir, es el imperativo. La fiesta que es de unos pocos: dinero, dinero y más dinero para concesionarios de televisión, futbolistas, técnicos, mánagers y -sobre todo- algunos dirigentes que, desde la cúpula de clubes, federaciones locales y aún más desde la FIFA, engrosan sus cuentas bancarias a costillas de la pasión popular y las identidades regionales o nacionales.
Por supuesto que no todos actúan así y no todo se hace por dinero aún entre quienes mucho lo ganan, pero es notorio que el negocio se ha hecho imponente. Insoportables avisos televisivos permanentes, repetidos y a menudo plagados de una sensiblería primaria, apelan a sentimientos patrióticos que sería bueno convocar para mejores fines. Las publicidades se facturan por cientos de miles de dólares. El negocio del turismo tampoco es menor para el país sede, con todas las concomitancias de facturación por hoteles, restaurantes, medios de transporte nacionales y otros aditamentos.
Nos gusta el fútbol; hoy este se ha planetarizado y se hace más interesante, porque ya no hay ‘ganadores naturales’ como en otros tiempos. Todos los equipos nacionales se han profesionalizado, y hoy ninguno es presa fácil. Tendremos finalmente el entusiasmo colectivo de siempre, el ondear de las camisetas y banderas, el fervor nacional en cada país, la expectativa ávida, la alegría por el triunfo y el sinsabor por la derrota.
Pero ojalá pudiéramos en algún momento separar este deporte de la monumental maquinaria comercial que se establece a su alrededor. Se vende hasta a los niños, cambiándolos de continente o de país para que vayan a desempeñarse en el club comprador. El mercado se come todo, en una brutal metáfora sintetizadora de lo peor del neoliberalismo y la sociedad que lo promueve.
Deporte sí, entonces. Alegría y ganas para seguir el juego. Pero tedio y rechazo, en cambio, respecto del denso bagaje de negocio que lo invade todo, y que convierte hasta el sentimiento más genuino en pasto pasivo de la ganancia y el dinero.
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