Negar la evidencia
Cuando el 30-S en Ecuador, la respuesta latinoamericana fue decisiva. Rápida y eficaz, llevó a la declaración colectiva de los gobiernos por la que se exigía el respeto a las instituciones y al gobierno democráticamente elegido. Obviamente estos gobiernos sudamericanos, que cuentan con servicios diplomáticos especializados, entendieron que había un intento desestabilizador y que se lo debía enfrentar.
A pesar de ello y de la unanimidad internacional al respecto, aún hoy se discute en el Ecuador, por parte de grupos opositores, que en muchos casos apoyaron la asonada, afirmando que no fue un intento de destitución de las autoridades. Se niega algo que es implausible negar.
En Argentina, donde hay otro gobierno nacional-popular que enfrenta el ataque permanente de las derechas, esas derechas se autopresentan como democráticas, republicanas, cuidadosas de las instituciones. Tales derechas tan supuestamente celosas del pluralismo hicieron caceroleos contra el gobierno donde había pancartas con signos nazis, y donde se pedía -sutilmente, eso sí- no solo la caída del gobierno, sino la muerte de la presidenta. “Volvé, Néstor y llevátela”, decían reviviendo el “Viva el cáncer” que se esgrimiera en su tiempo contra Eva Perón.
En esta semana se superaron: difundieron vía Internet una foto trucada del secretario de Comercio Interior de la Argentina, Guillermo Moreno, donde aparece en un ataúd y con un tiro en la frente, junto a leyendas ofensivas contra su persona. Nada menos. Lo que se dice una manera democrática de respetar las diferencias y de sostener el pluralismo republicano.
También en Argentina se pretende negar la evidencia. Una oposición ciega y brutal pretende negar la huella de sus actos, y se autosupone impoluta y legítima. Llama a tirar abajo un gobierno que obtuvo el 54% de los votos (contra el 18% de quien lo siguió), en actitud obviamente golpista; llama a la muerte de la presidenta, llevando la diferencia política a espacios de lo violento e irreconciliable; presenta en ataúd a miembros del gobierno, clamando por su liquidación física.
Esto es lo “democrático” de nuestras oposiciones vernáculas, autoteñidas de un curioso manto de inocencia y fragilidad. La llamada pública a la muerte del adversario nos avergüenza y envilece la vida política hoy en la Argentina. Ojalá en otros sitios del continente se evite llegar a estos excesos de barbarie y de virulencia inauditas.
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