Las puertas de la literatura
El acto de escribir encierra un hálito que provoca la consumación de los deseos, la imprecación de la idea, el maleficio de la soledad. Es la delirante función que cumple el tejedor del teclado, el orfebre de sílabas incontables, el artesano de las delicadas letras, el artista de los fonemas perfectos.
La literatura es la estratagema que nos traslada desde lo inmaterial a escenarios fantásticos, al artificio que induce la ficción, al imaginario de lo insondable, esto es, a la consumación de la práctica creativa.
El esteta se desvela con sus sueños y pesadillas, con sus fantasmas y demonios internos. También asume la posición de testigo de su época, atravesando el muro de los otros, la prolongación de la vida, los sucesos que conmueven la conciencia, el rutinario acontecer de los días.
Aquella condición humana proclive al análisis filosófico y a la cavilación a lo largo del tiempo se muestra en su expresión más profunda, en el vértigo del quehacer literario, el mismo que irradia a partir del estado solitario del creador, como signo auténtico de la ensoñación escrita.
La literatura promueve el desarrollo de los sentidos, a la vez, que, invoca al sacrilegio de la palabra, con una carga inevitable de asombro y preciosidad. Ya sea en prosa o en verso, aquella catarsis escrita reproduce los temores, debilidades, pasiones y ansias del desvalido ser, cuyo consuelo con la palabra se convierte en antídoto que evita el estallido final.
Dicho de otra forma, los atributos literarios son componentes de sensibilidad y sosiego. A su vez, alimentan la actitud crítica y cuestionadora del ciudadano/a ante el entorno social. El sistema depredador e inequitativo se observa descarnadamente -de cuerpo entero- en imágenes y descripciones literarias que descuellan la realidad.
La literatura es el conjuro de la esperanza, el estallido del beso anhelado, la piel humedecida por el pecado, la oración en el campo de batalla, la bendición de los justos, la irreverencia de los indignados, el pan para el hambriento, las aguas torrentosas que bendicen a los menesterosos, el fusil del guerrillero, la ruta de los extraviados, el aliento de los desplazados, la energía tutelar de la indómita montaña, la mirada inocente de las vendedoras de rosas, el ingenio de los juglares contemporáneos desafiando a la selva de cemento.
Se escribe desde ambientes ideales, y, aún, en circunstancias peculiares, como en los pasillos de un aeropuerto o en el vuelo del avión, en la habitación del hotel, en la carretera del viaje inesperado, en el ajetreo laboral, en el bullicio de la ciudad decadente. Todo momento y sitio determinado es válido en el indescifrable afán de golpear las puertas que nos permitan adentrarnos en las líneas del lenguaje trascendente.
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