Lares
En cada casa ecuatoriana hay un dios familiar que te asienta en el mundo. Lo pienso cuando veo a esos hombres y mujeres de ojos intensos y piel morena cuyos rasgos parecen tallados en una madera dura y noble, de balso o algarrobillo, como la que se utiliza para construir canoas en la Amazonía. Cambian las ocupaciones y los estratos sociales, pero hay algo común que solo he visto en este país, aunque quizá sea propio de Latinoamérica: una relación especial con la naturaleza; como si la gente fuese consciente de que forma parte de ella, como una prolongación. Y es algo que se ve en la Costa y en la Sierra, en todas las ciudades, independientemente de su tamaño. Porque hay lares que habitan mares y volcanes, selvas y ríos, y que acogen en su seno edificios y calles. Así me imagino también al propio Ecuador: un lar con la forma de un corazón de tierra, agua, cielo y fuego que se extiende a las Galápagos. Es una relación física y espiritual, inspiradora: la red que envuelve y conecta a millones de seres vivos. El lar del Ecuador habita en cada uno de sus habitantes.
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