Ecuador / Viernes, 13 Febrero 2026

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La vocación

Para plasmar estas líneas he tratado de dejar de lado mi condición profesional (consultor empresarial) y académica (catedrático en economía y en ciencias políticas); para únicamente centrarme en aquella condición que debemos tener presente en todo momento: el que soy -y conjuntamente con ustedes, somos- seres humanos, y desde ahí emprender hacia abrazar, valorar y cultivar el ser mejores seres humanos; el ser mejores personas cada día. De esa manera, y exclusivamente desde esa posición es posible reflexionar en aquella pregunta prácticamente universal: ¿Cuál es nuestra vocación?

Es posible y válido que dicha interrogante sea asimilada desde distintas vertientes. Por ejemplo: a) vocación académica-profesional (estudiar medicina, arquitectura, etcétera); o, b) vocación interpersonal (formar familia y tener hijas e hijos; o si se ha escuchado el llamado divino, y posterior a un proceso serio y sincero de discernimiento, ingresar y acoger la vida religiosa). No obstante, la interrogante ya manifestada se repite, con mayor o menor frecuencia, a lo largo de nuestra vida, e independientemente de cuál sea el camino que se opte, seguirá repitiéndose en nuestro cerebro: ¿Cuál es tu vocación?

Dar respuesta a la misma no es tarea sencilla. Tampoco es sumamente compleja. En mi caso, y ya estando más o menos en el tercer piso (los treinta…), aún sigo reflexionando, desde luego suplicando al autor de la vida, el buen Dios, su asistencia para desterrar la arrogancia, y poder responder desde la humildad y desde el agradecimiento. Recuerdo que en algún momento un sacerdote me dijo: “Dios quiere que seas feliz”. Una pregunta que formulo ahora: “¿Dios quiere eso para nosotros?”. Debo confesar que la aseveración de aquel sacerdote me resultó algo egoísta. ¿Qué ocurre si mi felicidad (para el mezquino entender humano, inclinado a la imperfección y debilidad) está en amasar riqueza o en experimentar placer? De nuevo, pregunto: ¿Eso quiere Dios para ustedes o para mí? La respuesta está implícita.

En estos años que llevo de peregrinar terrenal, y con “algo de” madurez, es posible esgrimir que la respuesta a nuestra pregunta ya familiarizada puede concebirse de forma menos difícil cuando se observan varios criterios: a) evitar el mal; b) hacer el bien; c) aprender a amar al amor (a Dios); y, d) amando a Dios, amarse a uno mismo y amar. Solo de esa manera, la vocación puede comprenderse y se está (al menos) mayormente predispuesto para saber qué Dios quiere de cada uno de nosotros, y así actuar en consecuencia. Dios no nos pide lo imposible. Nos pide que lo que demos (y si nos damos) esté fundamentado en el amor.

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