“La niña que lloraba perlas”: verdad y relato
El filme canadiense de Chris Lavis y Maciek Szczerbowski, recientemente ganador del Oscar como mejor cortometraje animado, “La niña que lloraba perlas” (disponible en plataformas de internet), es un contundente retrato sobre la pureza y la corrupción. Una pregunta me suscita cuando termino de verla: ¿Cómo se construye una fortuna?
Hay dos contextos que los directores nos representan. Uno, con una casa de un abuelo rico, cuya nieta descubre una perla en una caja guardada en un mueble, hecho que provoca que él le cuente una historia que tiene que ver con dicha perla. El segundo, que nos lleva a los suburbios de Montreal, a la niñez pobre del abuelo y su encuentro fortuito con una niña (también pobre), objeto del maltrato de su madre.
Ambos contextos, en el filme de Lavis y Szczerbowski, nos anteponen los rostros de la riqueza y de la pobreza. Sin embargo, al inicio, el asunto parece orientarse a la idea de que la aparente consecución de la riqueza es enfrentando la pobreza. Dicho así, supuestamente estamos ante un filme que usa el modelo del storytelling, por el que se mostraría un conflicto y, a partir de ello, se plantearían unos valores que concienticen al espectador. De acuerdo con ello, si seguimos la trama, en efecto, vemos a un niño pobre, desamparado, sin familia, el cual busca sobrevivir en medio del intenso frío y la desidia de su entorno. Contribuye a esto la animación stop-motion para figurar una atmósfera melancólica en la que se siente que todo está detenido y que no hay vida plena: así, tanto el niño como la niña tienen apariencias lamentables, se resaltan sus rostros pálidos por el hambre y la miseria, además de que se muestra un hábitat deteriorado, desolado y claustrofóbico. A su vez, los colores ófricos u oscuros, la música triste y, a ratos, el silencio, realzan más el clima de violencia en ciernes que viven o al que están expuestos los niños. En este marco, el trato familiar brutal que el niño observa contra la niña de la que además se enamora y a quien trata de ayudar, conmueve, pero también nos pone en alerta sobre lo que irá a suceder.
Es así como el modelo de storytelling pronto muta hacia algo más pulido y congruente con una trama que encierra algo que es perturbador y que se va develando poco a poco hasta el final. Todo ello tiene que ver con que la niña llora perlas cuando duerme y, al momento de despertarse, por vergüenza o por creer que su madre la reprochará, tira a la basura dichas perlas, las cuales son recogidas por el niño. Desde una perspectiva surrealista, al igual que mítica, como espectadores pronto sabemos que esta peculiaridad “biológica” tiene ya un significado en el sentido que nos pone a mirar la humanidad, la ternura y la inocencia de la niñez, más aún cuando esta está expuesta a situaciones de crueldad o violencia.
Y es en esta transformación de la historia, con estos detalles supuestamente maravillosos, que percibimos que, detrás de la fragilidad expuesta, los directores nos develan lo que encierra toda alma humana: un tesoro inmaterial y espiritual que, claramente, se exterioriza con la imagen de la perla y lo que esta implica, es decir, la pureza y la belleza en estado puro en los niños y niñas. Podemos decir que este hilo narrativo nos estremece más porque el niño pobre hace lo imposible por ayudar a la niña; la vía es llevar las perlas a un usurero y este a un judío prestamista. El acto del niño para con la niña (con quien nunca, además, tendrá contacto real) es de desprendimiento, no obstante la indigencia: se trata de cambiar esa pureza inmaterial con algo de valor monetario para que la niña pueda comer y tener algo de felicidad en medio de una familia desgarrada por la miseria.
Es acá donde nace el problema central de “La niña que lloraba perlas”. Es decir, aunque hay inocencia en el acto del niño, su relación con el usurero pone en evidencia la fealdad de la codicia humana, lo que nos lleva a preguntarnos, más allá de la línea narrativa a la que los directores nos tienen enganchados, sobre la significación que implica esta relación. Lo que al inicio sería una relación humana a partir de un “milagro” doméstico (la niña que llora perlas por efecto del maltrato), pronto se convierte en la explotación del sufrimiento. ¿Quién es el artífice de esta situación? ¿Es el niño que inocentemente vende por pocas monedas las perlas para saciar el hambre de la niña? ¿Es el usurero que sabe que puede obtener jugosas ganancias de las perlas pagando pocos billetes por ellas? ¿Es el prestamista quien le abre los ojos al usurero para que aproveche unas perlas “raras”, “idénticas”, que no proceden del mar, sino de algún ser extraño?
Lavis y Szczerbowski nos enfrentan a una cadena de producción de valor objetable, pero que a todas luces tiene sentido. El retrato de la pureza y la corrupción tiene un sustrato de violencia simbólica. En otras palabras, en “La niña que lloraba perlas”, el valor de la inocencia se presenta no como una virtud por proteger, sino como una materia prima que se debe explotar. Así, el niño se sacrifica para salvar a la niña, usufructuando secretamente sus lágrimas y vendiendo en la práctica su alma al usurero, el cual poco a poco le obliga a obtener más perlas, hecho que redobla la paga. El niño se da cuenta de que acá hay una fuente de ingresos y la posibilidad de salir de la miseria. De hecho, vemos que ha comprado traje nuevo, materiales para un viaje a París, además del pasaje para salir de su condición. En este marco, se nos antoja que él sacrifica el valor espiritual al enredarse en un sistema oprobioso que solo privilegia lo material. ¿No es acaso el filme una representación del engranaje del capitalismo en el que, además de quienes son enganchados, están los operadores (como el usurero) y los que realmente lo manejan (el prestamista)?
De ahí que se patentice una doble tensión inscrita en la trama de “La niña que lloraba perlas”: una, con relación al amor y la codicia (el niño, al final, trueca su amor por la niña a la atracción por el dinero); otra, sobre la verdad y el relato. Es así como oímos por boca del abuelo (cuando nos ha hecho creer que la historia de su relación con la niña de las perlas es cierta), lo siguiente: “Siempre es la historia la que le da valor a algo. Solo la historia, nunca el objeto”.
Con ello nos damos cuenta de que el filme no tiene que ver con el storytelling, sino con una especie de denuncia y revelación de una verdad que pasa sin importancia en lo cotidiano y que tiene que ver con lo moral, hecho que me llevó a preguntarme lo que enuncié al principio de este artículo: ¿Cómo se construye una fortuna? Esta inquietud bien puede traducirse también a: ¿Es moralmente lícito convertir el dolor ajeno, la misma pobreza, en mercancía? Pero hay algo más que la película pone en evidencia: es el engaño. La pobreza se transforma en riqueza no porque haya inocencia o casualidad, sino gracias a que de por medio está el engaño.
La frase del abuelo dicha a su nieta es singular y significativa. Lavis y Szczerbowski incluso en los primeros planos nos hacen ver visualmente que su filme develaría la “verdad” (en el momento en el que abuelo abre unas cortinas, pese a que las otras de la habitación donde se cuenta la historia ya estaban abiertas). La perla, objeto de la fabulación, es neutra; lo que le dota de real significado es la misma trama que permite insertarla en una historicidad o, si se quiere, si pensamos que la perla tiene un valor, es porque hubo un relato que nos creímos. El abuelo es consciente de que su fortuna la hizo vendiendo perlas de plástico al usurero, el cual, además, se había creído el mito de las perlas de boca del judío prestamista, quien en realidad ambicionaba quedarse con el edificio del usurero. Las perlas de plástico procedían de Japón y eran robadas por quienes podían hacerlo (incluida la familia de la niña famélica) y venderlas como si fueran verdaderos tesoros. La cuestión del engaño, entonces, es el factor que dinamiza la economía; las narrativas que se elaboran en este contexto ocultarán su oscuro sentido, elaborando mitos, haciendo aparecer “objetos” valiosos. La cuestión, en todo caso, es quién dice y a quién: la verdad es enunciada por alguien que pretende justificar sus acciones, dicha directamente al espectador, convirtiéndolo en cómplice del sistema de explotación. ¿Algo así como confesión de parte, relevo de pruebas?
“La niña que lloraba perlas”, de acuerdo con lo dicho, es un trabajo sugerente: al usar la estrategia de lo fantástico, con algo de gótico, sus directores nos llevan a preguntarnos sobre dilemas éticos y morales que siguen y seguirán vigentes.
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