La carga del hombre blanco
“Lleven la carga del hombre blanco/ envíen adelante a los mejores entre ustedes/ para servir, con equipo de combate/ a naciones tumultuosas y salvajes/ Esos recién conquistados y descontentos pueblos/ mitad demonios y mitad niños/ Lleven la carga del hombre blanco/ las salvajes guerras por la paz/ llenen la boca del hambre/ y ordenen el
cese de la enfermedad/ y cuando el objetivo esté más cerca/ en pro de los demás/ contemplen a la pereza y a la ignorancia/ llevar la esperanza de todos ustedes hacia
la nada”.
Rudyard Kipling, el poeta del colonialismo, nacido en Bombay cuando era colonia inglesa, ganador del Nobel de Literatura en 1907, escribió “La carga del hombre blanco”, poema, y mejor que cualquier otra proclama nos deja sentir lo que el hombre blanco, civilizador, enfrenta cuando entra en territorio bárbaro.
Hombre de la historia, de la escritura, del desarrollo, del capitalismo, de las religiones que en nombre de una democracia ha arrasado, matando desde tiempos inmemoriales, pueblos enteros.
Ahí están ahora en Libia, siempre nos hablarán de principios, al menos les sirven para disfrazar su irrefrenable sed de riquezas, de petróleo, de recursos para sostener ese modelo que no quiere encontrar tope al consumismo.
Han asesinado a otros hombres, no importa, eran salvajes, primitivos, déspotas. Encima hoy, ya sin poetas, cuentan con enormes cadenas informativas para acorralarnos moralmente, para decirnos que protestar contra estas guerras es estar con el desconocido, estrafalario, villano. Con él danzaron, con él bebieron, en sus lujosas tiendas fueron acogidos. Nosotros no, nunca fuimos parte de esas fiestas y hoy toca contemplar cómo arman un discurso repleto de mentiras.
Ese hombre blanco penetra en tierras que no le pertenecen y nos toma a todos como testigos de su hazaña. Espera que todos alentemos su cruzada, es que dice que se hace en nombre de la democracia, de esa democracia, de su democracia. El extravagante beduino, uno más de tantas tribus, apareció primero vivo, había sido capturado; luego muerto, con un tiro en la cabeza. Asesinaron también a hijos y nietos. Ahora bajan el tono porque hasta sus propias instituciones y principios han sido atropellados.
Libia, sin sistema político, sin instituciones, sin siquiera Constitución, sí con un fuerte y variado arsenal de armas, que Occidente le proveyó, guerreará muchos años y la carga del hombre blanco, su civilización, caerá, otra vez, en el vacío.
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