George Floyd ni con Dios ni con Trump
La noche que fue asesinado cobardemente George Floyd, ni Dios ni la ley estuvieron para proteger la vida del ciudadano afronorteamericano. Chauvin, el oficial de policía que le ahorcó con su rodilla de manera perversa, no estuvo solo. Junto a él, en complicidad, estuvieron sus tres compañeros sujetando las piernas de la víctima.
Chauvin, no estuvo solo. Chauvin seguramente contaba inconscientemente con el respaldo de su presidente y con sus repetidos discursos xenófobos y racistas. Chauvin, quizá esperaba una palmada en su espalda por parte de la primera autoridad de los EE.UU. Chauvin, ya había enfrentado 18 procesos disciplinarios y había sido llamado la atención tan solo en dos de ellos. Este iba camino a la absolución. ¿Por qué no? Si la violencia racista tiene décadas de complicidad por parte de la institucionalidad norteamericana.
Frente a este nuevo episodio de violencia racista sistemática, el hermano de George Floyd ha llamado a la protesta pacífica. A este llamado se han unido algunos policías, miembros de diferentes iglesias, blancos, negros, latinos, hombres y mujeres han marchado por la misma senda del pacifismo. En contraste, Trump, lejos de mostrar apertura al diálogo, radicaliza su discurso. Culpa a los demócratas, a grupos antifascistas y otros grupos “anarquistas”. Solo le faltó correr lista al Diablo. Pero sí susurró al oído del electorado supremacista blanco, al oído del nacionalismo y el conservadurismo.
Trump, en lugar de dar marcha atrás, se refugió en el discurso religioso fundamentalista. Para ello, caminó fuertemente resguardado, hasta la iglesia de St. Jhon, la iglesia de obligada visita de los presidentes. Y allí, con una Biblia sostenida con su mano derecha y dirigiendo su mirada hacia ella, pronunció y sentenció: “Estados Unidos es el país más grande del mundo. Y garantizamos su seguridad”.
Más que invocar los principios cristianos, se acercó más a la declaración de una nueva guerra santa. Trump estará pensando en su reelección al tratar de reconquistar el “cinturón evangélico” conformado por varios estados de la federación y sectores ultraconservadores que han visto con duda, en el último tiempo, algunas declaraciones “muy democráticas”. (O)
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