¡Fuera el actual FMI!
Hasta aquí podía llegar la acción corrosiva y antisocial del FMI, último bastión del sistema que ha provocado la gravísima crisis ética, cultural, democrática, económica, ambiental… que atravesamos.
Como herramienta del neoliberalismo más acérrimo, el FMI ha sido, sobre todo en los últimos 15 años, defensor a ultranza de las directrices emanadas de los países más prósperos y, muy concretamente, de las del Partido Republicano de los Estados Unidos, y ha dejado una huella amarga de incompetencia, de servilismo y de menosprecio a los intereses de la mayor parte de la humanidad.
En el caso concreto de Europa y España, hace bien poco el FMI reconoció que se había equivocado y que no sería posible alcanzar un cierto grado de crecimiento y empleo sin una política de incentivos que atemperara los recortes que estaban cargando, además, el pesado fardo de la convulsión financiera a las clases medias y más vulnerables.
¡Pero ahora, obedientes de nuevo al “gran dominio” (militar, financiero, mediático, energético) vuelven a la carga: no solo reducciones generalizadas en los salarios sino venablos al corazón mismo del genuino desarrollo: sanidad, educación, ciencia…!
No queremos al FMI ni al G7, G8, G20… Queremos la refundación del multilateralismo democrático; queremos una economía basada en la justicia, en la transparencia, en la solidaridad, en un desarrollo global sostenible; queremos unas Naciones Unidas que engloben al FMI, al Banco Mundial y a la OMC –establecida por la Administración Norteamericana al principio de la década de los noventa directamente fuera de su ámbito- con una Asamblea General integrada, a partes iguales, por los Estados y por representantes de la sociedad civil (“Nosotros, los pueblos…”) y tres Consejos de Seguridad –el actual, el socioeconómico y el medioambiental- en que el veto sería sustituido por un voto ponderado…
Es necesaria una gran movilización mundial para que, de una vez, vuelvan a ser los “principios democráticos” los que dirijan la gobernación mundial y todas las instituciones, empezando por el FMI, se hallen subordinadas a estos principios y no a algunas manos, muy pocas, que llevan en la actualidad, indebidamente, las riendas del destino común de la humanidad.
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