El traidor y su propia condena
El traidor o traidora se oculta en el tiempo, vive agazapado, fingiendo valores y predicando causas humanitarias, pero vencido por su nociva formación y la ambición de riqueza y mando, cae estrepitosamente, sin poder levantarse, en la encrucijada de las decisiones y cuando supone haber logrado sus desmedidos propósitos. Ese ser humano despreciable se moviliza con astucia y solapadamente, en el seno de la familia, en las instituciones y en la actividad política, preferentemente. Utiliza el adulo, la hipocresía y sin importarle el honor y la dignidad de los demás, atropella a supuestos rivales hasta alcanzar sus aviesos fines.
En el transcurso de la historia han transitado traidores, en busca de espacios para involucrarse y acomodarse a las circunstancias y operar a cualquier costo hasta poder venderse al mejor postor. En una fecha, no muy lejana, relatamos un deplorable caso de traición a los postulados de la Revolución Ciudadana, de un exasambleísta, considerado líder de izquierda y abanderado de la lucha por una nueva patria, pero sucumbió por su arrolladora ambición de conseguir una importante dignidad en la Asamblea Nacional. Hoy milita en la oposición, contradiciendo a sus principios, que juró defender en el pasado.
El traidor se caracteriza por la codicia, falta de firmeza en los principios morales y religiosos; actúa contrario a sus prédicas; se aprovecha de otros y luego se convierte en enemigo; avasalla a su propia familia y hasta atenta contra la patria. La Comisión Nacional de Ética y Disciplina de Alianza PAIS decide una lección al retirar de sus filas a un asambleísta porque “ha faltado a las obligaciones que como adherente y asambleísta electo se comprometió a cumplir a fin de continuar con el plan de gobierno de la Revolución Ciudadana a favor de las grandes mayorías”.
Reconocemos que en nuestro medio, familiar, administración pública y privada, hay hombres y mujeres que obran con lealtad a sus principios éticos, y compromisos adquiridos, previo desempeño de sus funciones, en el caso de los servidores del Estado y de los militantes de los partidos políticos.
Por allí vagan dos exmandatarios desleales que no cumplieron sus promesas de campaña y traicionaron a sus seguidores, y aun así dejan entrever pretensiones presidenciales, sin entender que ya no hay espacio para los traidores. Hay tantos otros que se proclamaron de izquierda y hoy, descaradamente, se abrazan con los adversarios de ayer con el pretexto de fijar una línea única de oposición al régimen del Buen Vivir. Es vergonzoso y repugnante abandonar convicciones a cambio de ofertas políticas, o simplemente prebendas.
Rafael Correa Delgado, líder de la Revolución Ciudadana, es símbolo de lealtad, firme en sus principios, justo y decidido, como lo ha demostrado, a luchar incansablemente por una sociedad sin opresores, donde los ricos dejen de ganar demasiado dinero y los pobres dejen de ser menos pobres. El hombre leal recibe el beneplácito de los pueblos y resplandece en la historia patria. En definitiva, nadie confía en el traidor, que al final quedará solo en el desierto, abandonado, a la intemperie, estigmatizado con el desprecio ciudadano. (O)
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