El pastel y sus migajas
Empezó a funcionar ya el grupo de muchachos hambrientos y desesperados porque se parta el pastel y se inicie el reparto, con la ansiedad de saber cuánto le toca a cada uno, si es que les toca, o sólo se contentan con las migajas.
Lucio se desespera gritando "síganme los malos"; Álvaro también grita lo suyo: "unámonos en torno a yo mismo" frente a la mirada de asombro de todos los demás. Alberto está tan débil que ya no tiene ánimo ni de gritar.
Y Guillermo, hecho un nudo y no un lazo, con el lío del incremento del bono, se esmera en reclutar los ingredientes para cocinar una fanesca politiquera, en tiempo equivocado, porque ahora se come colada morada.
La partidocracia está desorientada y no atina al reparto del pastel y, para colmo, aparecen los autocandidatos sueltos que no representan a nadie, como esos desechos y desertores de los partidos de izquierda que van quedando en el anonimato porque perdieron la ideología, la identidad y la dignidad.
Uno de los ungidos hace alianza con 10 grupúsculos que son puro membrete; otro dice que se le han unido 18 organizaciones que nunca han representado nada; el de más allá anuncia grandes convocatorias a las que no asiste casi nadie, ni sus familiares.
Esto sucede en el ámbito de las candidaturas presidenciales y sus binomios: todavía falta espectar la trifulca cuando se trate del reparto de las candidaturas a la Asamblea Nacional.
Con esa voracidad de figuración de la partidocracia, lo único que consiguen es desprestigiarse mucho más de lo poco que queda, luego del sainete del tráfico de firmas y de manipulación de identidades ciudadanas, que aún falta por castigar de acuerdo a la ley.
Unidos, algunos por ambición y figuración y otros remordidos por el odio, se puede avizorar un seguro fracaso que tratarán de justificarlo agarrándose de la socorrida boya de la acusación de fraude.
Argumento que, en el caso de Venezuela y seguramente de los Estados Unidos (donde el triunfo de Obama es seguro, porque están escogiendo el "mal menor") no dio ningún resultado porque los procesos resultan incuestionables.
Atrofiados por las ambiciones y los odios, los opositores de Chávez y de la revolución bolivariana demoraron 15 años para encontrar un Capriles que los uniera y ni así pudieron contrarrestar la unidad del pueblo por su transformación. Aquí en Ecuador ni siquiera lo han entendido.
Aquí, como en todas partes, si las cosas se hacen electoralmente bien y los controles funcionan, las prácticas de la partidocracia caerán en el vacío y, aunque los muchachos griten esa fea práctica de "que muerda el pastel", nada malo ni desagradable pasará y la democracia seguirá construyéndose por la contundente decisión mayoritaria del pueblo ecuatoriano.
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