El fútbol y la política
Si alguna actividad se acoteja con el fútbol, hoy de presencia y atracción universal, es la política en todas sus versiones. Tuve el privilegio, acompañado de hijos y nietos, de ver los 3 encuentros de Ecuador: la derrota de último minuto con Suiza en Brasilia; la victoria sobre Honduras en Curitiba y el empate con Francia en Río de Janeiro: cuánta satisfacción compartir el orgullo con miles de ecuatorianos con los que alentamos al equipo nacional.
Pero así es el fútbol, como la política, donde se gana y se pierde, con la similitud de que son competencias que en las derrotas nadie quiere ni tiene por qué asumir su costo, y en las victorias todos quieren sentirse dueños de los resultados, como que no alcanzase para todos y todavía sobrase.
No hay que despistarse de la realidad y debemos sentirnos satisfechos de haber clasificado para ser unos de los 32 competidores, orgullo que en el continente no tuvieron hermanos como Paraguay, Bolivia, Perú y Venezuela.
Saber que 16 de los 32 tenían que quedarse en el camino, como les sucedió a poderosas escuadras como las de Italia, Portugal, España, Inglaterra, que tienen un cartel histórico de primer orden.
No sufrimos ninguna derrota que nos avergonzara. Y toda la opinión especializada universal valorizó los méritos que algunos de nuestros futbolistas tuvieron y condenaron le expulsión injustificada de Valencia contra Francia por un árbitro colonizado.
Perdimos, ganamos y empatamos, como les ha sucedido y seguirá ocurriendo a casi todos, porque al final habrá un solo campeón, porque no hay lugar para más.
En política, la naturaleza es diferente porque, si bien el poder alcanza para muchos, no todos quedan contentos cuando el triunfo es de los adversarios a quienes se acusa de fraude, de mal uso de recursos y métodos de confrontación.
Si hay victorias circunstanciales o consecutivas, los políticos verdaderos analizan las fallas y equívocos para tratar de enmendarlos; los politiqueros, en cambio, arden de indignación, se llenan de odio y su reacción es para destruir y no para construir.
El verdadero deportista sabe que lo importante es competir, dejar el alma en la cancha y tratar de superar su rendimiento, y que si entra en el profesionalismo solo su sentido de lealtad y responsabilidad le garantizará su permanencia en esa profesión.
El politiquero es al revés, porque él no depende de sus iniciativas sino de la credibilidad que irradia de su accionar.
Por eso no debemos perder la esperanza, y menos dejar que nos la roben los amargados y perversos.
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