El cambio como metáfora
En pocas semanas el país acudirá a elecciones generales. Las campañas políticas han encendido sus estrategias, y la palabra cambio está por todas partes.
Desde que tengo uso de razón esta palabreja llenó de tinta los periódicos, luego las imágenes de la televisión y ahora prevalecen en las redes sociales, con colores subidos y ausencia de ingenio. No hay candidato o candidata que no haya integrado a su discurso el cambio, como si fuera el recurso único e irreductible, que va a convencer a los incrédulos o legitimar una promesa vacía de contenido y de realismo.
¿Es que vivimos un realismo mágico? Parece que sí. García Márquez se quedaría corto ante la avalancha de verdades disfrazadas de mentiras, o viceversa, que circulan entre los conectados y no conectados. Lo que interesa es “vender”, “posicionarse”, orientar los mensajes hacia públicos segmentados y promover artillería pesada: denuncias que luego quedan en nada. Porque según los marqueteros –nueva profesión en boga- todos somos clientes.
Jesús –hace dos mil años- ofreció un cambio radical –la construcción del Reino de Dios- y se enfrentó al poder de Roma con un mensaje de amor. Lo más auténtico fue su martirio en la cruz, que pocos o ningún personaje lo ha hecho. En la actualidad, el vocablo cambio es banal, insignificante y plagado de metáforas y utopías.
De joven descubrí a Aristóteles, Platón y a otro gran filósofo –Heráclito- quien delineó la teoría del cambio o dialéctica, que tantas repercusiones tuvo en la ciencia y en todas las ciencias aplicadas. Más tarde, con la modernidad y el positivismo, sobrevino la evolución con Darwin; la dialéctica hegeliana; el materialismo dialéctico, con Engels y Marx; la teoría de sistemas con Bertalanffy y la relatividad con Einstein… En suma, el cambio superó a la filosofía y a la política, y se instaló en las tecnologías.
Pero la pregunta inicial subsiste. Los cambios verdaderos son transformaciones revolucionarias -como las de Cristo, Gandhi o Mandela- o no son cambios. Son retóricas sin sustento o meros paliativos. Sería interesante que los candidatos –y sobre todo los electores- reflexionemos sobre el alcance de las palabras. Y que la metáfora del cambio se discuta mediante debates serios y propositivos. ¡Ya basta de mentiras piadosas! (O)
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