¡Naranjas!
Recuerdo que en alguna ocasión un maestro de secundaría decía a sus alumnos, luego de que todos eran testigos de una particular conducta inadecuada que se daba por segunda ocasión: “¿Qué aprendimos de la primera vez que ocurrió esto? ¡Naranjas!”.
Extrapolando esa situación a lo que la raza humana -y especialmente en Ecuador- vive ahora, me atrevo a manifestar, en similares términos: ¿Qué hemos aprendido después de ser heridos de muerte y -en algunos casos- hasta asesinados por este nuevo coronavirus? ¡Naranjas!
Una vez más, me expreso desde la sinceridad de mi corazón, con ternura para con mis pares, humanos como yo, pero también sin algún grado de odio o de rencor en mi interior, ya que el primero destruye la belleza del alma y el segundo, como se dijo en una película de superhéroes: “el resentimiento es corrosivo”.
Ahora bien, mi justificación está a partir del comportamiento de varias personas, el cual puede resultar esperanzador a simple vista (hay que estar con ánimo de fiestas de diciembre… hay que hacer arreglos en estas fechas…”, pero, si se mira detenidamente, ese comportamiento pasa a ser arrogante y hasta insensible con la dificultad ajena. Veamos dos ejemplos:
Personas que claman: “por el virus no puedo compartir con mis seres queridos y estoy lejos de ellos…”. Esta actitud resulta incongruente dado que las mismas personas “pre pandemia” visitaban a sus familiares “en rara ocasión”, e inclusive, quizá, ante la oportunidad de reunirse y de pasar invaluables momentos, siempre optaban por elegir una de las múltiples excusas que automáticamente surgían ante la oportunidad. De paso, si se daba la rara ocasión, ellos terminaban compartiendo más con su dispositivo electrónico que con sus familiares.
Personas que tienen la dicha divina de pasar al mundo del empleo formal. Bueno, su actitud se torna arrogante al esgrimir, frente a quien no tiene empleo: he recibido una “gran propuesta”, no una “propuesta cualquiera”. Y sigo: a quienes tienen, por pura voluntad de Dios, más de un empleo formal, su actitud pareciera representar un divorcio para con la humildad y un matrimonio para con la indolencia, debido a que, para ellos las dificultades ajenas son aisladas y “no son de su interés”.
Así, los olvidados, siguen olvidados otra vez. ¡No hemos aprendido nada! (O)
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