Lo que pasa en Haití nos importa a todos
De vez en cuando salen noticias sobre Haití en los medios internacionales, todas relacionadas con situaciones calamitosas y catastróficas, que tienen que ver, sobre todo en las más recientes, con la supervivencia misma del país.
Recuerdo que tuve la oportunidad de visitar Haití hace ya más de veinte años, y me impresionó, ya desde el aire, la tremenda deforestación de la mitad de la isla que le corresponde, diferente totalmente de la que ocupa República Dominicana, donde el verdor es constante, gracias a campañas de reforestación llevadas a cabo durante algunos gobiernos.
Ya en el territorio, otro tema impactante era la carencia de servicios básicos, empezando por el alcantarillado.
Luego vinieron los terremotos y las pestes, sobre todo el cólera, que se cebó en una población desprotegida y sin acceso a agua potable, o al menos agua entubada. Las catástrofes han venido acumulándose en torno a una población angustiada, dividida, sin encontrar un norte en medio de la incapacidad de la clase política por sacarla adelante.
En los últimos años, la situación de este país caribeño, que ve diezmada su población tanto por la emigración como por las malas condiciones de salud y salubridad pública, se ha venido deteriorando cada vez más. Los conflictos políticos no han dejado de estar presentes, lo que ha alentado a grupos armados a hacerse con el poder en buena parte de su territorio.
La situación de Haití, el primer país que obtuvo la independencia en las guerras coloniales y que prestó apoyo a los grandes líderes de la independencia Latinoamericana, debe convocar a la solidaridad de los otros países del continente, pero también debe invitarnos a reflexionar de manera responsable sobre lo que puede ocurrir en otros países en donde las pandillas, el narcotráfico, la delincuencia organizada, van ganando terreno, se adueñan de espacios del territorio, amedrentan a las poblaciones, las vuelven cómplices en sus fechorías, cobran tarifas a los comerciantes y aparecen luego como solucionadores de problemas.
Por ello, quiero llamar la atención a las democracias latinoamericanas sobre lo que ocurre en Haití, que no sea este el preludio de lo que puede pasar en los países en los que no solamente advertimos el avance del crimen, sino el deterioro de las sociedades que han perdido sus valores, que ignoran la diferencia entre el bien y el mal.
Recordemos el antiguo refrán: “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”.
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