La ira de Dios
Es domingo y la Iglesia y el Municipio de Guayaquil nos ha pedido a los ecuatorianos orar por la sanación de los enfermos y por el fin del virus. Hemos orado en casa y hemos dispuesto una oración por nuestros muertos. Los hemos nombrado y en cada nombre han ido nuestras lágrimas de recuerdos y dolor por la pronta partida. Mis muertos son los muertos de la pandemia. En cada barrio en cada esquina en cada cuadra: el recuerdo de los que se han ido.
He llorado desconsoladamente por aquellos que estaban llenos vida y hoy, llenos de muerte. Ya no están y no estarán. El virus hace historia en este Guayaquil que arde muerte, que no puede enterrar a sus muertos con dignidad y respeto. En Guayaquil la muerte está presente de la tierra al cielo y desde el río hasta el infierno. Está en los Guasmos, en La Alborada, en La Puntilla, en el mercado de los agachaditos y en la feria de los levantados y que corren al vuelo.
La muerte en Guayaquil es la ira de Dios desatada sobre esta ciudad de asfalto y llanto. No conocía la ira de Dios, me parecía una ficción: ya no es una estampa, ya no es un espanto. Guayaquil es una ciudad triste, amarga, sin color y sin sentido. ¿Qué sentido tiene esta tragedia? ¿Por qué nos castigas con tanto dolor, Señor de la piedad infinita que te has olvidado de nosotros?
Un día triste de estos tristísimos días vi pasar junto a la esquina de mi casa una pequeña multitud de cinco personas cargando un féretro llevando un cadáver para su cremación. El cadáver en su féretro cantaba la horrenda despedida de la muerte. Los vi alejarse con la pesada carga de la muerte en los hombros. En la mañana siguiente casi a la misma hora me tocó ver a las mismas cinco personas regresando el cadáver a su casa porque les habitan pedido casi $ 2.000 y ellos solo tenían la voluntad de enterrarlo.
Me eché al suelo y lloré; incontrolable e indolente, fatídico y doloroso día, maldita ira de Dios que nos lanzas tu desprecio y olvido; tiempo inolvidable, el horror de la situación de vivir la ira de Dios y la indiferencia de los responsables. Acompañé con mi corazón destrozado la fatalidad de la existencia. Díganme que todo esto es un sueño...(O)
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