El megáfono y la retórica del gallo
Existe una fabulosa narrativa construida sobre dos elementos abstractos: la libertad y la expresión. Dice esta narrativa, relato o literatura, que vivimos en un reino del silencio absoluto, tan vacío de eco, que si Luis Buñuel, el padre del cine surrealista, tuviese que realizar una película, le sería imposible, porque no podría usar ni la imagen, ni la escritura ni el habla; quizás su desafío sería apenas producir borrones movedizos con un fondo musical callado, locura de irrealidad.
En esta narrativa sin referentes, todos y todas caminan con la boca tapada y amordazada. En el extraño sin lugar, el tendero del barrio ya no comenta los acontecimientos al vecino; la peluquera no transfiere en clave chisme los últimos acontecimientos de la sociabilidad femenina; el maestro es apenas un incitador de miradas, las comadres yacen paralizadas sin decires; el radiodifusor, constreñido por la fuerza brutal del esparadrapo, se echa el más profundo sueño de los tiempos, y el periodista del diario, ahogado por la depresión, escribe una interminable crónica sobre sí mismo, para sí mismo, mientras en el campo solo se escucha la retórica del gallo.
En ese lugar literario, yace muerta, pues, la comunicación social, asesinada, según dicen, por otra abstracción, la ley. Es obvio que no vivimos en el reino del silencio y que la narrativa sobre la mordaza se basa en la imaginación. Lo sabemos porque ayer nomás la peluquera, el tendero, el radiodifusor, el periodista, las comadres, los campesinos y el maestro hablaron y pusieron a circular su voz en una esfera llena de palabras e imágenes. Sí, así es, todos movieron la boca lanzando palabras, otros escribieron y aun publicaron sus ideas soportadas en papeles o redes virtuales. El mundo del silencio no ha llegado a materializarse aún, es pues, pura ficción, cuyo contenido circula, además, como río sin obstáculo; de otra forma no se entiende que tal relato fantástico esté en todas partes.
Sin embargo, los autores del relato literario llamado ‘Libertad de expresión y ley mordaza’, discuten (hablando, diciendo, gritando) que lo descrito no es ficción, ni literatura, sino realidad. ¿Por qué les interesa a los autores de esta narrativa crear, divulgar y persuadir a la gente de que lo que cuentan es verdad?
La historia nos recuerda que el problema no es la ‘libertad de expresión’, sino la guerra por el ‘megáfono’, medio tecnológico que da poder, porque a fuerza de volumen, repetición y cobertura socioespacial logra formar las ideas principales, que la gente usa para interpretar la realidad. Es decir, el megáfono es la herramienta para que el dueño del medio privado construya hegemonía sobre las grandes mayorías. Los megáfonos son, por supuesto, los medios de comunicación (radio, televisión, periódicos y ahora redes sociales corporativizadas).
Esta guerra no es nueva, se inició en todo el orbe occidental hace unos doscientos años. Con el desarrollo de la imprenta, los dueños de los medios pusieron en marcha el ‘capitalismo impreso’ para, además de persuadir a las masas, mercantilizar los contenidos que difundían. Desde entonces, se enfrentaron los de las izquierdas y derechas, por dos visiones distintas sobre la comunicación social. Las izquierdas han buscado convertirla en un espacio libre y crítico para formar conciencia social. En Ecuador, una de las guerras más singulares por el ‘megáfono’ fue la de la Revolución Liberal Radical, puesto que el ‘amplificador’ estaba en poder de la Iglesia ultramontana.
Es importante decir, finalmente, que en la realidad, nunca jamás un gallo será dueño de la retórica, ni será hablador ni tendrá megáfono. (O)
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