Calor de hogar
Somos seres humanos, eso es indiscutible. Aunque a veces no nos comportamos como tales. Y con desaliento debo decirlo, por severo que suene.
Ciertamente ya no estamos soportando el clima que se vivió básicamente en Guayaquil, en los meses de marzo y abril de este año. Mencionarlo o detallarlo propiciaría a la morbosidad. A la fecha la potencia del virus foráneo ha decrementado, es un hecho. No obstante, las heridas dejadas en todos nosotros probablemente no se borren, muy especialmente en quienes perdieron seres queridos y que vieron fallecer, o, peor aún, ni siquiera tuvieron la oportunidad de despedirse ya que solo pudieron acompañarlos hasta las puertas de un hospital.
Ante esta realidad muy nuestra, me genera indignación la manifestación de varias personas que desde hace semanas vienen ansiando que llegue diciembre para celebrar y estar alegres, que llegue el 24 “la noche buena” para cenar “cómo se debe”. Nula sensibilidad y solidaridad muestran tener para con una significativa masa humana dolida, triste y embargada de soledad. De paso, con alto grado de arrogancia aquellas personas socializan que esperan el 24 “para cenar”. ¿Todo reducido a un acto? ¿La Navidad es “el medio” para darse “la gran vida”?
En el programa Masterchef Ecuador (competencia de cocina) escuchaba atentamente a una participante, me refiero a Maricela. Desde un inicio ella ha mostrado no tener vergüenza y tener valentía para compartir que cuenta con recursos económicos limitados y que reside en la “entrada de la 8” (en Guayaquil). Días atrás se les pidió a los participantes que prepararan el plato que degustan en Navidad. Dos intervenciones que me impactaron. Una de ellas, la hecha precisamente por Maricela (parafraseando): come sencillo, no iba a inventarse que comen otra cosa para aparentar; minutos después, al ser evaluada al presentar su plato, casi casi quebrándose: se llama calor de hogar… nosotros ese día comemos plato vacío, y al arroz le pongo maíz dulce si es que nos regalaron una canasta para que así no esté tan simple.
Esa actitud de aquella mujer humilde, pero con un corazón de oro, muy sensible y que demuestra que estar en unidad familiar y el brindar amor a los suyos aún ante las carencias es lo importante, nada más. Su plato: calor de hogar. Convendría cenarlo y practicarlo desde esta Navidad.
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