¿Es posible hacer carrera en Educación?
En tres momentos distintos de mi vida profesional he dado clases en la escuela secundaria. Habiendo hecho un posgrado en Antropología Cultural en los Estados Unidos y después de haber buscado opciones de trabajo en fundaciones, agencias de desarrollo y universidades, llegué a ser profesora de bachillerato en un prestigioso colegio de Quito, y lo conseguí a pesar de no tener estudios específicos en Educación.
Desde entonces empecé una carrera sui géneris combinando la educación secundaria con los campos de la cultura y el desarrollo. Laboré para el sector público, que siempre me pareció demandante, con salarios bajos y con ambientes extremadamente politizados. Trabajé en el sector de agencias de cooperación, y me gustó mucho competir, ascender y tener estímulos. Pero siempre volví a solicitar un trabajo como profesora secundaria.
Al regresar a la Educación aprecié el respeto de las autoridades y la capacitación continua que recibí en el difícil arte de enseñar. Amo dar clases, tengo una relación muy cercana con mis estudiantes y mi mente está en continuo aprendizaje sobre las asignaturas que me confían. Encuentro que es fascinante planificar, saber cómo enseñar según las capacidades de los alumnos, innovar metodologías y hacer evaluaciones novedosas. Siempre he alimentado la vocación innata que tengo como mujer de enseñar, guiar y lograr que mis estudiantes amen aprender.
Las jóvenes a quienes doy tutorías me preguntan por qué salté de una clase de trabajo a otro y por qué no permanecí como profesora secundaria. Ensayo como respuesta el que, a pesar de ser una profesión que se llega a amar y en la que una se siente realizada, en la mayoría de los casos no permite que la profesional avance jerárquica ni económicamente. La estructura académica y administrativa de un colegio es una con contados puestos de autoridad y una gran cantidad de profesores en el estado llano.
Ser profesora en el siglo XX tenía el estímulo importante de gozar de vacaciones más largas que en el resto de profesiones. Ahora se han acortado y, además, el trabajo se ha vuelto tedioso por los interminables informes que la burocracia educativa exige. Así y todo, para aquellas mujeres que quieren dedicarse a su familia, ser profesora es una buena alternativa: pueden tener a sus hijos cerca asistiendo al colegio donde enseñan, conseguir descuentos para sus matrículas y verlos crecer mientras ellas dan clases.
A las jóvenes con las que interactúo les planteo que la decisión de optar por ser profesora es decidir entre una carrera en la que te realizas como persona, o una con la movilidad profesional suficiente para tener la satisfacción que significa conseguir mayor bienestar para ti mismo y para tu familia.
Este artículo es un llamado de atención sobre las políticas sociales y la reflexión que se requiere hacer respecto a la profesión más esencial. El Ecuador sigue teniendo una deuda enorme con los maestros y maestras. El Estado debe incentivar su inclusión en la toma de decisiones en cuanto a su ascenso profesional, su formación de alta calidad y su capacitación continua. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que, en los exámenes de ingreso a la universidad, la Educación requiera el menor puntaje de todas las carreras?
Si el país necesita que más personas decidan dedicar su vida a la enseñanza es indispensable crear estímulos a la excelencia, mejorar remuneraciones, dar posibilidades de ascenso e incentivar que el estatus social de un/a profesor/a equivalga a la enorme labor que realiza. La sociedad entera debe estar dispuesta a repensar los roles en la Educación, especialmente en estos momentos de pandemia, para brindar a los maestros/as el apoyo, la libertad y la confianza que necesitan para hacer el trabajo fundamental de educar a nuestros niños.
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