El peligroso encanto de la propaganda
La propaganda es la estrategia de engañar a la colectividad para la conquista o la consolidación del poder. Mientras la publicidad persuade al destinatario, con fines comerciales, la propaganda tiene un trasunto de mayor trascendencia en tanto persigue el poder o su perpetuación a través de la mentira o la hipérbole.
Indudablemente los gobiernos utilizan estrataegias de propaganda para sostener su credibilidad, expandir su influencia y capitalizar su imagen. Mientras más inescrupuloso es un gobierno más desbordada es su propaganda, más sistemática su aplicación y más extendidos son sus métodos que, incluso llegan a la práctica de sojuzgar a la prensa libre.
No importa qué tan pernicioso haya sido un gobierno o un período de ejercicio de poder si la propaganda científica y sistemáticamente orquestada le permite sostener su credibilidad. Mientras más apto, para el manejo de la propaganda, haya sido un individuo o un grupo político, religioso o de cualquier índole, mayor posibilidad de persistir, incluso con nostalgia, en la memoria del embaucado.
Los sofistas fueron, en la Grecia antigua, aquellos que tenían la habilidad de decir cosas de una forma espléndida pero carente de verdad y, por supuesto, eran muy populares. La conciencia sobre el valor de contar con el favor de los gobernados ha sido expresada por filósofos, emperadores y tiranos. Comunistas, fascistas y nacional socialistas han sido grupos que han hecho de la propaganda su bastión: Lenin, Stalin, Mao Tse-Tung, Castro, Mussolini y Hitler son ejemplos categóricos del manejo exuberante y sistemático de la propaganda con la que embaucaron a su pueblo, llevándolo a una situación de fanatismo rayano en la idolatría.
La propaganda puede ser desembozada y cínica como la del nazismo y su representante conceptual, Joseph Goebbels, quien decía que “una mentira reptida mil veces se convierte en verdad”, o, puede ser infiltrativa y pacientemente desarrollada, penetrando lentamente en los diferentes estamentos del tejido social para construir un dominio cultural e ideológico que, su mentalizador, el comunista italiano, Antonio Gramsci, llamaba “hegemonía”.
El efecto de la propaganda es poderoso y duradero; tanto es así que, pese a todo lo que se ha conocido, el voto duro de la llamada “Revolución Ciudadana “ representa un 25% del electorado y, de otro lado, pese a su horrendo gobierno, Trump, asegurará un 45% del electorado. Educación y prensa libre son los antídotos de la propaganda. (O)
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