Movimiento obrero, ¿en lucha?
Entre 1985-1988, con los auspicios del IDIS (Instituto de Investigaciones Sociales) de la Universidad de Cuenca, Adhilac (Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe) y la colaboración de Cedoc (Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Clasistas, 1938), CTE (Confederación de Trabajadores del Ecuador, 1944) y Ceosl (Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Sindicales Libres, 1962), varios investigadores concluimos una Historia del Movimiento Obrero, publicada por aquellos años.
Esa vinculación entre académicos y centrales sindicales es, hasta hoy, inédita. Además, las tres confederaciones nombradas, después de décadas de enfrentamientos ideológicos, habían logrado converger en plataformas de lucha reivindicativa desde mediados de los setenta, y a fines de la década constituyeron el FUT (Frente Unitario de Trabajadores), que impulsó sonadas “huelgas nacionales” a partir del inicio de los gobiernos constitucionales (1979).
El FUT pasó a la vanguardia de las luchas sociales y recibió amplios respaldos. Pero su presencia histórica fue decayendo, afectada por las políticas represivas de León Febres-Cordero (1984-1988) contra toda izquierda; por el derrumbe del socialismo, que desmoronó los antiguos paradigmas del inevitable “triunfo proletario” y minó la influencia del marxismo; y porque se afirmó en Ecuador el modelo empresarial-neoliberal de desarrollo, que desarmó las políticas sociales y laborales.
Hoy, el FUT es recordado solo por las generaciones que vivieron sus gloriosos días; y las otrora grandes centrales de trabajadores apenas son visibles. El activismo de ciertos dirigentes y su discurso confrontacional, saludado por círculos izquierdistas utópicos, lastimosamente han quedado fuera de perspectiva histórica, ante las nuevas realidades que viven Ecuador y América Latina, de la mano de otros movimientos sociales, las nuevas izquierdas y los renovados planteamientos sobre el socialismo del siglo XXI.
La crisis del movimiento obrero y su historia reciente no ha sido estudiada; y tampoco hay investigaciones sólidas sobre los movimientos sociales (incluido el indígena), cuya dinamia no se reduce a ser una respuesta apologéticamente “combativa” y “luchadora” contra lo que cierta seudopolitología califica, dogmáticamente, como “recambio de las élites” o “recomposición de las clases dominantes”, sin comprender todavía el profundo recambio y recomposición que han sufrido los propios movimientos sociales.
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