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Guerrilla del Toachi se ahogó en el intento de hacer la Revolución

31 de julio de 2011 00:00

Los albores de 1962 traían para Sudamérica una suerte de incertidumbre política. Dos años antes, en plena fiesta de fin de año, los “barbudos” cubanos, liderados por Fidel Castro, habían alcanzado lo imposible: vencer a un régimen autoritario e instalar la revolución en la isla. Mientras que desde la Casa Blanca, un renovado gobierno, el de John F. Kennedy, intentaba mostrar al mundo las “atrocidades” del comunismo.

Ecuador no estaba exento de este escenario de polarización y su situación política lo demostraba cada vez más. El país había pasado en pocos meses del populismo de José María Velasco Ibarra -quien había sido derrocado el 7 de noviembre de 1961- al gobierno de Carlos Julio Arosemena Monroy.

31-7-11-diario-el-telegrafoAsí, términos como comunismo, marxismo y maoísmo comenzaron a ser comunes en las calles. No obstante -en un país en donde más de 90% de sus habitantes es católico- el considerarse de izquierda era sinónimo de ser ciervo de Mefistófeles o, por lo menos, de resentido social, confiesan los actores de la época.

A pesar del rechazo y del temor creado alrededor de estas tendencias políticas, la revolución cubana fue el detonante para una serie de acciones vinculadas a la instauración de regímenes progresistas en Sudamérica. En el país, el Partido Comunista y la Concentración de Fuerzas Populares (CFP) lideraban los episodios dirigidos a conseguir ese fin.

Desde marzo de 1962, en una convención nacional realizada en Guayaquil, los miembros de la novel agrupación  Unión Revolucionaria de las Juventudes Ecuatorianas (URJE) fraguaron el inicio de la lucha armada, convocando a los ciudadanos a unirse a un grupo de tipo guerrillero para hacer campamento en las selvas de Santo Domingo, a orillas del río Toachi.

“Era un punto estratégico. Es una zona subtropical y la intención era comenzar desde ahí a repartir información comunista en las poblaciones cercanas y, de esa manera conseguir más adeptos (...) Los planes iniciales consistían en llegar a la Costa, que siempre ha estado vinculada a procesos revolucionarios”, explica Francisco Carrera, quien en esa época tenía 16 años y estudiaba en el colegio Fray Vicente Solano de Latacunga, en Cotopaxi.

Si bien su participación en las acciones a orillas del Toachi se truncó por su corta edad y porque “en Latacunga solo habían cinco comunistas: un fotógrafo, un profesor, un panadero, un odontólogo y el dueño de un gabinete de belleza”, Carrera siguió de cerca los hechos de intento miliciano de la izquierda.

Alfredo Vera Arrata, en aquel entonces mozo estudiante universitario, señala que, para su visión, la intención de las huestes urjistas nunca fue la de comenzar en 1962 con la actividad subversiva, sino que lo que se buscaba era instalar un campatmento para el entrenamiento en operaciones milicianas.

Cualquiera que haya sido la verdadera intención, lo cierto fue que desde diferentes puntos del país cerca de 50 jóvenes, que oscilaban entre 18 y 25 años, partieron hacia las orillas del Toachi. La operación guerrillera inició en marzo.

Sin embargo, Carrera recuerda que al interior del conglomerado existían rivalidades y diferencias ideológicas abismales que desde un principio complicaron los planes.

31-7-11-impresiones“La URJE, que fue creada en 1961, reunía a una serie de miembros que estaban en desacuerdo con la forma doctrinaria con la que se manejaba el Partido Comunista. Ellos eran más combatientes y subversivos”, afirma el militante de izquierda, no sin antes aclarar que ante la magnitud del objetivo se tuvieron que deponer posturas doctrinarias.

Vera Arrata confirma en parte esta opinión al rememorar que los propios inicios de la URJE se debieron -en 1959- a un desencanto de varios militantes de la “izquierda dura” que veían con mala cara que las directivas principales de los partidos Socialista y Comunista no pasaran del discurso retórico a la actividad combativa. 

La ‘gallada’ porteña

La juventud guayaquileña, por su arraigada y tradicional característica, no pudo mantenerse al margen de esta intentona rebelde.

El epicentro de los diálogos, los incipientes diálogos para fraguar acciones subversivas y para debatir sobre textos de izquierda tenían su sede en la esquina de las calles 10 de Agosto y Boyacá, en aquellos tiempos denominada “La Esquina Roja” (calificativo ganado por  su incidencia política y no por algún nivel de inseguridad). Y cuando se menciona que era la esquina, era literalmente así. “La juventud de izquierda de Guayaquil, entiéndase los universitarios, los intelectuales y hasta los revolucionarios que no leían y no se preparaban doctrinariamente, se reunían en esa esquina, en la vereda, para conversar, analizar, debatir y, cómo no, para programar futuras acciones”, recuerda Vera Arrata.

El motivo de los encuentros en aquella esquina -en donde en la actualidad se ubica el  Grand Hotel Guayaquil- era la cercanía del hogar de uno de los principales líderes de la acción revolucionaria en la urbe y uno de los pocos (no pasaron de cinco) guayaquileños que asistió al llamado de la URJE en Santo Domingo: Carlos ‘Coquín’ Alvarado. 

Para marzo de 1962 ya rondaba por las aulas de la universidad, en los cafetines, bares y, sobre todo, en “La Esquina Roja” la noticia de la convocatoria a orillas del río. A ‘Coquín’ se unieron Sergio Román Armendáriz (en la actualidad reconocido como uno de los precursores de la cinematografía en el Ecuador y prestigioso catedrático) y el pintor Antonio del Campo, los cuales, según relata Vera, “partieron cada quien por su lado (...) Desde ese momento se palpó que la idea no fue bien estructurada y estaba mal organizada”, rememora el también ex ministro en varias administraciones.

31-7-11-actualidad-papel-panfletarioLos pecados en la selva

“A pesar de mala espina que teníamos por el arranque, pensábamos que todo iba a direccionarse cuando los milicianos estuvieran en Santo Domingo, pero lamentablemente no fue así”, afirma Carrera.

Muchas versiones se han regado a través de la historia sobre los motivos por los cuales, solo después de unas dos semanas de haber llegado a las orillas del Toachi, el campamento instalado por los seguidores de la URJE sucumbió ante un operativo militar que se extendió por cerca de cuatro días, que incluyó cuadros especiales de paracaidistas.

Sergio Román, radicado desde hace décadas en Costa Rica, en su portal electrónico presenta varios textos vinculados a los hechos acaecidos en la selva de Santo Domingo. En una entrevista que le efectúa uno de sus asiduos lectores, responde que “la versión más plausible (sobre la derrota del incipiente grupo subversivo) reside en la consideración de que el  movimiento fue penetrado por agentes de la CIA.

La versión en la que menos se cree (seguramente diseminada por los mismos agentes norteamericanos) es la atinente al hecho de haber sido convocados en esa fracción de selva para ser exterminados  con el fin de crear un postizo y segundo ‘Cuartel Moncada’ que permitiese alimentar la génesis y la leyenda de un ‘Fidel’ ecuatoriano. Entre esos dos extremos, vibran demasiados matices que se deben investigar, uno tras otro”.

Carrera considera a este relato como una parte de la verdad y agrega que otro de los factores que contribuyeron a la derrota fue la falta de seriedad con la que se trabajaba en el campamento. “Era difícil que un grupo de guerrilleros, que por las noches cogía un jeep para ir a Santo Domingo para ir al cine y luego regresaba a la selva, no fuera detectado por los informantes del gobierno norteamericano”, sentencia, dando a entrever su adhesión a la tesis de la infiltración de agentes de la CIA que al final sirvió para derrotar al grupo de milicianos.

El 12 de abril de 1962 el ministro de Defensa, Francisco Tamariz, hizo público a los medios de comunicación sobre “la detención de 38 guerrilleros que preparaban una ofensiva armada aupados por ideas comunistas”, reseñan los editoriales de prensa de la época.

Los medios de comunicación explotaron de inmediato la noticia, centrándose en la corta edad de los combatientes y, como un añadido, los bautizaron con el mote de la “Guerrilla del pinol” debido a la bebida que ingerían casi todo el día los detenidos y que se elabora a partir de esta fruta que abunda en la geografía de Santo Domingo.

Las autoridades informaron sobre el decomiso de panfletos y lectura comunista, marxista y maoísta que, supuestamente, eran impresos en una prensa que se halló en las cercanías del campamento. El armamento -que pocos de los detenidos sabían usar, según confesaron días después- era el básico para el tipo de misiones que se pretendía lograr.

Fusiles Mauser, Manglicher, carabinas Winchester, Vereta y subametralladoras fueron incautadas y sirvieron de pruebas para acusar a los jóvenes guerrilleros. “Si supieran que ese armamento fue suministrado por propios elementos de la Fuerza Pública, como militares o policías, inclusive los que estaban en servicio activo”, confiesa Carrión. Después del operativo militar, un paracaidista y un miliciano (Sergio Román) resultaron heridos. No se registraron bajas en ninguno de los dos lados. 

Tres días duró la “fama” de los guerrilleros del Toachi en las portadas de los medios de comunicación. Tanto Vera como Carrión y el propio Román aseguran que no hubo torturas en contra de los detenidos. “Solo uno, que era medio aniñado, se quejó de que le quitaron los zapatos cuando llegó a la cárcel para rendir su declaración”, agrega Carrión.

Debido a lo conflictivo de la época, políticamente hablando, el tema de estos subversivos quedó en segundo plano ante la opinión pública, a pesar de que era la primera intentona insurgente que tenía el país.

A los pocos meses, para julio exactamente, la mayoría de los implicados recobró su libertad. Claro, con seguridad que fueron fichados y que desde ese momento cada uno de sus movimientos sería vigilado por las autoridades.

El amor por la revolución y por los milicianos

En la primera detención de combatientes sorprendió a las autoridades encontrar a tres mujeres -en aquella época era impensable verlas con un arma-, quienes en los interrogatorios aseguraron que su presencia se debía al amor que profesaban al proceso revolucionario que se respiraba en la región y a sus novios, que habían decido arribar hasta el Toachi.

Entre las apresadas sobresalió la brasileña Abigail Pereira Núñez, quien se presentó como periodista de un diario de su país, aunque aceptó, tiempo después, que mantenía una relación con Santiago Pérez, uno de los combatientes de la URJE.

La historia de amor en la guerrilla revivió por un corto tiempo el interés de los medios de comunicación. Varias publicaciones dedicaron sus líneas a relatar la vida de Pereira, quien había conocido a Núñez en La Habana y que por él decidió radicarse en Ecuador. Sin embargo, su pasado estuvo vinculado a la izquierda al confirmarse que su  padre, un prominente doctor, atendió a Luis Carlos Pretes, uno de los más recordados dirigentes de izquierda de la década del 60 en Brasil.

La leyenda asegura que Pereira y Núñez contrajeron matrimonio luego de recuperar su libertad. El dato nunca pudo ser confirmado y quedó como una leyenda más de las que se derivaron de la intentona subversiva.

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