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Wes Craven: el cine horriblemente entretenido

- 14 de septiembre de 2015 - 00:00

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Pocos saben que Wes Craven (2 de agosto de 1939, Cleveland, Ohio-31 de agosto de 2015, Los Ángeles, California) fue el director de Música del Corazón, filme que le valió una de sus varias nominaciones al Óscar a Meryl Streep, y que dirigió un documental sobre el expresidente de Estados Unidos, Bill Clinton, en 2001, siguiéndolo durante tres horas a pocos días de que dejara la Casa Blanca.

Un cáncer cerebral se llevó al director estadounidense, y aunque el público y la crítica quisieran limitar su legado a la creación del protagonista de filmes slasher, Freddy Krueger, de Pesadilla en la Calle Elm, y la saga Scream (que revivió ese género a mediados de los noventa), su obra revela más profundidad; Craven en realidad fue un genio en la hibridación de géneros cinematográficos para innovar en la conexión con el público y el tratamiento de temas sociales.

Su primer filme, del cual luego produjo un remake en 2006, fue La última casa a la izquierda (1972), película que le permitió incurrir tanto en el horror como en el terror, algo así como adelantarse a lo que se suele llamar ‘thriller psicológico’. Y es que, en términos de narrativa audiovisual, el horror se distingue por las agresiones físicas producto de ‘nudos’ en el inconsciente de quien las inflige, nudos que generan sustos en las audiencias; mientras que el terror apela al miedo a lo desconocido, a paralizar el cuerpo del espectador jugando con su mente y el temor a no saber qué vendrá después.

En los intersticios de esos dos grandes géneros surgen las narrativas de categorías como los filmes slasher y el gore. Craven tomó un poco de cada uno y legó una obra que puede definirse en su mayoría como cine de horror.

→Craven creía que el horror más profundo es lo que le sucede al cuerpo de uno bajo sus propias manos y las de otros. Decía que los filmes de horror podían funcionar de dos maneras: distorsionando la violencia de una forma que la hace ver muy atractiva o mostrando el resultado final, un recurso aterrador que genera una consciencia constante sobre el peligro.

Al iniciarse como director y guionista, en 1972, se adelantó a la creación de grandes personajes y cintas que dominarían el cine de horror estadounidense de las décadas de los ochenta y noventa. Leatherface de La masacre de Texas surgió en 1974; la serie de películas Viernes 13 apareció en 1980 y Jason Vorhees apenas desde el segundo filme; Michael Myers de Halloween vive desde 1978; Chucky nació en 1988 con Child’s Play; Pinhead y sus Cenobitas llegaron al cine en 1987, y El guardián de la Cripta de la serie de HBO, Cuentos de la Cripta, nació en 1989.

Como Pesadilla en la Calle Elm y su protagonista, Freddy Krueger, aparecerían apenas en 1984, se pensaría que Craven simplemente se subió al tren de los populares filmes slasher. Su talento para dirigir historias que despertaran los miedos que ya existían dentro de las audiencias se pulía desde su trabajo en cintas como Las colinas tienen ojos (1977) y Bendición mortal (1981), además del telefilme Stranger in Our House (1978) y el drama para cine The Fireworks Woman (1975), que escribió y dirigió bajo el seudónimo de ‘Abe Snake’.

Al tiempo que Freddy Kruger nacía en 1984, Craven llenaba las carteleras con otras dos cintas: Invitación al Infierno y Las colinas tienen ojos, segunda parte. Y ya en 1982, había pasado por el comic book movie con Swamp Thing, no sin dejar muestras de rarezas que también ponían la piel de gallina a los espectadores.

Craven, con esos inicios y lo que vendría después, como director y guionista, alcanzaría uno de los altos sitiales como creador de horror y terror junto con Stephen King, Dario Argento —que precedió a los filmes slasher con la corriente del giallo italiano— y el especialista en efectos especiales Rick Baker.

Como parte de la corriente de los filmes slasher también debió estar influenciado por Psicosis de Alfred Hitchcock y Dementia 13 de Francis Ford Coppola. Por su trabajo con elementos del gore, recibió influencias potentes de George A. Romero, popularizador del género, y Herschell Gordon Lewis, padre fundador del gore.

Maestro del horror

Lo que inscribe la obra de Craven mayoritariamente en el horror es su tratamiento de temas como problemas familiares, en especial el resquebrajamiento familiar. Él mismo fue el hijo de un padre distante y de temperamento violento con el que tuvo una mala relación y que falleció cuando tenía apenas cuatro años, y de una madre severa e híperreligiosa que lo crió.

Craven tenía la creencia personal de que el horror más profundo es ciertamente lo que le sucede al cuerpo de uno bajo sus propias manos y las de otros. Públicamente reconoció que los filmes de horror en general podían funcionar de dos maneras: distorsionando la violencia de una forma que la hace ver muy atractiva o —como él hacía— mostrando el resultado final de la violencia, un recurso bastante aterrador, porque genera una constante consciencia del peligro.

Para lograr resultados de sus actrices protagonistas, Craven jugaba con gatillos emocionales que apelaran a sus emociones. Con Drew Barrymore, en Scream (1996), utilizó la historia que ella misma le contó sobre un niño abusivo que había visto torturando a un perro con un encendedor; y con Linda Blair en Stranger in Our House (1978), cambió la mascota de su personaje por un caballo cuando en el libro original era un perro.

Se lo ha caracterizado por sus protagonistas femeninas fuertes. Alguna vez, él mismo dio una especie de explicación psicológica para aquello: Nancy de Pesadilla en la Calle Elm y Sidney de Scream nunca podrían volver al estado mental que tenían antes, ya no volverían a ser simples ciudadanas, se habían convertido, de alguna forma, en guerreras, “y esa esa es la vida de un guerrero. Ya que el mundo en el que viven está en combate, todos son guerreros”.

Los intereses como cineasta de Craven eran lograr que el público pagara su entrada al cine para lidiar con los horrores que ya estaban en su mente puestos en una narrativa; poner a la audiencia fuera de balance pervirtiendo sus expectativas —y básicamente golpeándolos arriba de la cabeza desde una dirección en la que no estaban mirando—, y hacer crecer el género del horror, porque no hay límites a cuán profundo pueda ser.

El horror en Craven yace en sus peculiaridades a lo largo de su obra: villanos deformados y de apariencia monstruosa; niños deformados o brutalmente asesinados, usualmente por el villano principal, y protagonistas ordinarios atrapados en situaciones horríficas y extraordinarias. Las dos primeras ideas se reflejaron en Pesadilla en la Calle Elm, ya que el nombre del villano proviene, se rumora, del chico que le hacía bullying a Craven, un compañero que solía abusar físicamente de él en la secundaria, y está confirmado que su apariencia física y vestimenta derivaron de un vagabundo y borracho al que Craven vio desde su ventana cuando tenía apenas diez años, un hombre que le devolvió una larga y directa mirada que le causó al niño un miedo profundo. Lo tercero se observa en que Craven veía a las películas de horror como un campamento militar para la psique, ya que los humanos están dentro del más frágil de los paquetes y amenazados por peligros reales y a veces horríficos —como la masacre de la secundaria de Columbine en 1999—, pero la forma narrativa coloca estos miedos en una serie de eventos manejables, lo que nos da a nosotros, la audiencia, una manera de pensar racionalmente acerca de nuestros temores.

El gore

Al menos durante unos cincuenta años el gore fue un género audiovisual que estuvo censurado: desde la Francia de 1908, cuando en el teatro Grand Guignol se intentaba representar sangrientas escenas de matanzas para sus clientes; pasando por el Hollywood de los veinte, cuando D. W. Griffith y Cecil B. DeMille mostraban mutilación realista del cuerpo humano en sus filmes. Parece raro afirmar que la obra de Craven caiga en la categoría del gore, pero lo hace porque Freddy Krueger es parte de la corriente de filmes slasher. Además, comparte las siguientes características con el gore: el uso de trampas elaboradas para capturar al villano, las no glamorosas representaciones de asesinos sádicos y realmente brutales, la brutal y gráfica representación de la violencia, y —por extraño que parezca— la inclusión de temas sociales importantes en filmes de horror. Lo último teniendo en cuenta que Psicosis de Hitchcock es considerada tanto como un ejemplo de cine gore como una precursora de filmes slasher.

Considérese que Craven, al incursionar en el comic book movie, el drama y el thriller —esto último con Red Eye (2005)—, mantiene pequeños elementos del gore. Pero el gore de Craven no es simplemente para buscar shock, tampoco para dar asco o terminar generando risas, como le sucedió a su supuesto rival cinematográfico Sam Raimi, sino para explorar narrativamente los miedos que rondan la psique humana.

El otro Craven

En 1986, el cineasta dirigió un episodio de la serie de televisión Disneyland, titulado ‘Casebusters’; en 1995, dirigió la cinta Un vampiro suelto en Brooklyn con un Eddy Murphy en busca de ser serio y él mismo tratando de no hacer una cinta de horror; además, se puso tras las cámaras del segmento ‘Pere-Lachaise’ en clave de comedia romántica del filme París, yo te amo (2006).

Entre su trabajo en Música del corazón encontró el tiempo para escribir su primera novela, The Fountain Society, y cuando estuvo a punto de retirarse en 2013, publicó el artículo ‘Retirement: Scarier Than Freddy Krueger’ (’La jubilación: más espantosa que Freddy Krueger’) en el New York Times.

Fue profesor de Humanidades en Clarkson College, donde fue DJ de la radio universitaria, ávido observador de aves y responsable de introducir al mundo el concepto de filme reflexivo sobre su propio género: Craven hizo una deconstrucción del género cinematográfico del horror al escribir y dirigir La nueva pesadilla de Wes Craven (1994), que mereció una nominación a los Independent Spirit Awards de 1995.

Parece raro llamar gore a la obra de Craven, pero lo es porque Freddy Krueger es de la corriente de filmes slasher. Reúne las características: trampas elaboradas para capturar al villano, representaciones de asesinos sádicos, la representación brutal de la violencia, y —por extraño que parezca— la inclusión de temas sociales importantes en filmes de horror.

También se burló de sí mismo al hacer un cameo como conserje en Scream vestido como Freddy Krueger y luego al aparecer como él mismo en Jay and Silent Bob Strike Back. También se interpretó a sí mismo en el episodio ‘Scared to Death’ de la serie de comedia policial Castle, y se dice de él —en broma— que cuando más se asustó fue el día que vio que su amigo, el actor y productor Robert Evans, colapsó en su sala de proyecciones privada mientras se tomaban un trago.

Craven es reconocido como un humanista porque ha apoyado a organizaciones como Planned Parenthood (que promueve la planificación familiar) y Dreamcatchers Foundation (que combate el tráfico de personas), a las que donó una llamada telefónica personal y dos boletos al estreno de su cinta Pulse (2006), además de una serie de elementos de utilería de su película Scream, incluyendo la máscara del asesino.

A Wes Craven se lo recuerda también como un gran reconocedor del talento fresco, ya que al dirigir el casting para Pesadilla en la Calle Elm descubrió a Johnny Depp; le ofreció su primer protagónico a Sharon Stone en Bendición mortal (1981); dio su primer rol con crédito a Bruce Willis en uno de los episodios que dirigió de la serie de terror y ciencia ficción The Twilight Zone (conocida en América Latina como La dimensión desconocida). La esperada Scream 4 fue la secuela que lo reunió con el reparto original de la cinta producida por Dimension Films, para reiniciar la franquicia trabajando también con un elenco de jóvenes actores, lo que dio génesis a una serie de televisión llamada también Scream, de la que Craven fue productor ejecutivo, aunque en el contenido podría ser considerada como una carta de odio a la película original.

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