San Martín y Bolívar frente a la grandeza de los Andes

- 28 de octubre de 2020 - 00:00

Las famélicas mulas sin poder esquivar los sinuosos caminos rodaron por los precipicios, arrastrando jinetes, armas y el poco alimento del que se disponía...

En momentos decisivos
de sus campañas, estos
generales desafiaron      
los rigores de la cordillera.

La lucha  del argentino  José de San Martín (1778-1850) y del venezolano Simón Bolívar (1783-1830) por liberar del colonialismo español a  los pueblos de esta parte de América resultó bastante común en algunos aspectos, aunque incluso para sostener esta apreciación no debemos olvidar la personalidad de cada líder, las circunstancias que rodearon sus propósitos y las decisiones determinantes que tomaron en sus campañas.

Dentro de esas acciones emprendidas por ambas figuras consta como verdadera epopeya en sus respectivas hojas de vida el haber vencido la rigurosidad de la cordillera de los Andes, cuando en pos del avance de sus tropas para conseguir la ansiada libertad del mayor número de pueblos  del gran bloque sudamericano, no temieron el enorme sacrificio que les representaría abrirse camino por tan hermosa pero difícil geografía.

El cruce de los Andes 

En el caso de San Martín, quien con su ejército acometió el llamado Cruce de los Andes, se ratificaron sus dotes de estratega, la perseverancia y la confianza que mantuvo en sus oficiales, subalternos de diferente rango y los esclavos negros que deseaban su libertad. Como recompensa a los minuciosos preparativos de su titánica expedición, al argentino le resultaron menores los problemas durante el recorrido.

A mediados de enero de 1817 –por ese motivo hace poco se celebró el bicentenario de esta hazaña– San Martín puso en camino a sus tropas con dirección al vecino Chile, para librarlo del sometimiento de los españoles. Él mismo padecía de problemas pulmonares, reuma y úlcera estomacal, pero mantuvo su ánimo en alto y de esa forma acrecentó la fidelidad de sus seguidores.

Alrededor de 5.200 hombres, 10.000 mulas, 1.600 caballos, 600 vacas, 22 cañones, 5.000 fusiles, balas, cartuchos, sables, comida, equipo médico, medicina, etcétera, formaron la operación sanmartiniana dividida en seis columnas. Después de una travesía que exigió coraje y vigor en medio de cambios de clima y alturas que promediaron los 3.000 metros, al fin, en febrero de igual año las tropas llegaron a su destino acordado.

Chacabuco (febrero de 1817) fue batalla mayor por la independencia de Chile y permitió a las escuadras patriotas del Protector del Sur rubricar el espíritu de justicia que los mantuvo desafiantes contra las inclemencias de la cordillera en su histórico viaje desde las tierras argentinas a las chilenas. El éxito y la repercusión de la travesía se debieron, en gran parte,  al esmero de San Martín cuando dispuso y supervisó los preparativos.

El paso de los Andes 

Simón Bolívar, el Libertador, ajeno al pernicioso remedo, se embarcó en el propósito de trasmontar los Andes y llegar a la Nueva Granada (Colombia) para conseguir su liberación definitiva y así ampliar la lucha militar que le permitiría hacer verdad su ideal integracionista con aquella jurisdicción liberada unida a Venezuela y Quito (el Distrito del Sur, después Ecuador). Salió desde su territorio patrio en pos de concretar un hito audaz y decisivo.

A diferencia de San Martín, Bolívar contó con menos recursos (soldados, vestimenta, alimentos, armas, etcétera) y la naturaleza se ensañó con su  expedición que atravesó los llanos y llegó a alturas de 4.000 metros para retomar las planicies y continuar luchando por la emancipación de la Nueva Granada, mediante recios y exitosos combates como el de Pantano de Vargas y la célebre batalla de Boyacá de agosto de 1819.

Los llaneros y más militares republicanos que desde el inicio de la marcha (finales de mayo de 1819) encontraron terrenos anegados, ríos turbulentos, lluvias permanentes, insectos y alimañas, peces carnívoros y otras terribles dificultades, toparon con nuevos y sobrecogedores inconvenientes en las alturas: el soroche, las fiebres y enfermedades estomacales hicieron presa de ellos, que en su mayoría nunca antes se habían atrevido a desafiar el duro terreno y el desesperante frío.
Mucha gente murió en el trayecto, se perdió bastante armamento, así como los pocos animales que llevaban.

Las famélicas mulas sin poder esquivar los sinuosos caminos rodaron por los precipicios, arrastrando jinetes, armas y el poco alimento del que se disponía... Esposas, amantes y enfermeras solícitas acompañaron a los patriotas que, hambrientos, casi descalzos y semidesnudos dejaron atrás los imponentes y hostiles macizos andinos, que audaces comenzaron a ascender en la cuarta semana de junio.

De los 3.200 hombres que partieron desde tierras venezolanas, menos de la mitad llegaron en los días finales de junio al otro lado de la majestuosa cordillera, que en su suelo recibió cientos de cadáveres de gente idealista, luchadora y plenamente identificada con el afán integracionista y liberador de Bolívar. El episodio del páramo de Pisba es testimonio contundente de esta lucha abierta con la naturaleza. Pero se recuperaron pronto de los males experimentados para reanudar la lucha. 

Verdaderas hazañas 

Incontables libros y documentos de la historia de la emancipación americana recogen los pormenores de tan singulares actos de heroísmo, que esta apretada síntesis pone en el recuerdo para valorarlos en su verdadera dimensión. Los testimonios de Gerónimo Espejo, cronista de San Martín, y de Daniel Florencio O’Leary, edecán de Bolívar, constan entre los textos que describen la realidad de las heroicas expediciones.

Al asumir la tarea de rememorarlas y valorar su ejemplo, resulta oportuno citar el pensamiento de María Sáenz Quesada, directora de la revista argentina Todo es Historia: “Los tiempos, las posibilidades, las expectativas, los sueños, y sus claroscuros, contribuyen a diseñar la trama del pasado, sin las definiciones rigurosas que es costumbre exigir a nuestros antepasados desde las urgencias del presente”.



José de San Martín y Simón Bolívar, con sus tropas, acometieron en distintos años el paso o cruce de la cordillera de los Andes, en una alegoría del pintor guayaquileño José Peñaherrera Bermeo.

El pintor Fidel Toig Matóns recreó una escena del cruce de los Andes

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