Dos ciudades bordeadas de agua

- 11 de octubre de 2020 - 00:00
Cortesía

A la memoria de Francisco Sánchez Egas

Una persona es del lugar donde forjó sus afectos y su identidad. Una persona no es, necesariamente, del sitio donde nació. Nacer o haber vivido poco tiempo en una ciudad no te hace pertenecer a ella. La cultura e identidad se forjan con los años; incluso con esa relación tan compleja de afectos y resentimientos que ocurre dentro de una familia.

La casa, el barrio y la ciudad, con todas sus gentes y animales dentro, forman parte de la misma esfera en la que experimentamos nuestras primeras veces con respecto a casi todo. Y esas primeras veces guardan algo de magia duradera, de misterio inacabado. Como haberse ilusionado con alguien a los trece años; o haber bebido una primera cerveza de forma clandestina; o habernos roto el brazo jugando a la pelota o andando en bicicleta; o haber sido asaltados; o haber recibido el primer insulto en la calle, sin motivo alguno. De este modo una persona crece de la mano de su urbe. Incluso, peleándose con ella. La ciudad no es un telón de fondo. La ciudad es un sistema orgánico, viviente, que respira y crece conteniéndonos. Por eso hay días que nos levantamos amándola. Y hay días que no queremos saber nada de ella. Sobre todo cuando la violencia pretende reducirnos.

Nací en el Hospital del Seguro en 1977. Crecer en el sur me permitió, cuando era niño, jugar al béisbol y reventar balones en sesiones de indoor que ocurrían en la calle, a pesar de los vehículos. Disfruté formando parte de una pequeña pandilla que en bicicleta esquivaba obstáculos y merodeaba desde La Saiba hasta los Almendros. De esos niños recuerdo a dos hermanos: Coco y Pelusa. Los que eran sus apodos, por supuesto. Y a Víctor, el hijo de unos peruanos que vivían en la casa de arriba de la nuestra. Recuerdo también a las hijas de un capitán, a las que no dejaban salir nunca, y que tenían una madre que, furiosa, confiscaba cada balón que cruzaba la verja de su casa. No había nada qué hacer contra su decisión. Una vez que la pelota caía del otro lado, era una pérdida total. Así expresaba su opinión sobre nuestro modo de jugar en la calle hasta la noche, como si la calle fuera nuestra. Que, ahora que lo pienso mejor, sí lo era. Esa fue nuestra calle.

También despertar con el flautín del afilador de cuchillos, o los voceos de quienes compraban botellas vacías y periódicos era conectarse con Guayaquil. Al igual que ser asaltado sin violencia por primera vez. Lo cuento: estrenaba una patineta con torpeza cuando un chico, apenas unos años mayor, me preguntó si podía probarla porque él sí sabía hacer piruetas. La montó y se deslizó como todo un profesional en el perímetro del parque. De allí pasó a decirme que si le prestaba la patineta, él iría por unos mangos a la vuelta de la cuadra para compartirlos conmigo. Bueno, el resto es predecible.

Durante la época del colegio, ir a las casas de nuestros amigos en Los Ceibos, implicaba siempre una tarde con piscina, cerveza, música de moda y películas. El colegio SEK en esos años recién se había mudado de la avenida del Bombero a la Vía a la Costa. Con los compañeros planificábamos ir a perder el tiempo hasta la noche en esas casas donde la vida no se parecía en nada a la nuestra. Y donde, si bien había gallada y juegos, de una cuadra a la siguiente no corrías el riesgo de adquirir malos hábitos o de presenciar algún acto delictivo. En Los Ceibos se respiraba una tranquilidad ilusoria. No había pandillas, como las había en el sur, por ejemplo.

No pasó mucho tiempo para descubrir que Los Ceibos colindaba con Mapasingue, viviendo de aquel modo su propia dualidad. Y esta dualidad, la de dos ciudadelas tan opuestas, la de la alta burguesía y la de la más profunda pobreza y delincuencia, cohabitando apenas separadas por una calle, me parece que es la imagen que mejor resume lo que es Guayaquil. Al menos, la ciudad en la que crecí durante las décadas de los ochenta y noventa. Una ciudad de dos caras, de contrastes radicales, bordeada por todas partes de agua como invitándote a huir o a llegar a ella. Un Guayaquil de gente que progresa y que se pierde. De centros comerciales y billares oscuros. De fiestas en Urdesa y Los Ceibos pero también de cabarets como Lucky Ladies y Playboy donde los chicos, incluso alentados por sus padres, pensaban que hacerse hombres tenía que ver con algo tan triste como aquello.

En 1998, mientras asistía a la Universidad Católica, descubrí los ideales, la poesía como urgencia, y una camaradería invaluable. Hicimos un grupo poético y político con más de veinte compañeros: Francisco Sánchez, Jorge Meza, Lalo Santi, Luis Carlos Mussó, Marcelo Leyton, Julio Luna, Carlos Luis Ortíz y Stanley Parker, entre otros. Queríamos comernos el mundo con las palabras. Nos instalábamos a libar y a tocar la guitarra en San Pedro, un barrio formado por pescadores que se había instalado hacía años detrás de la Universidad. San Pedro también estaba pegado a una ciudadela de gente acomodada, La Fuente, que había optado por elevar un alto muro de árboles, para alejar de aquel modo esa realidad.

"La mejor literatura es aquella que no parece literatura", ha dicho Javier Cercas. Frase que completo con este comentario crítico sobre la obra de Juan José Saer: "La literatura viene de la realidad, viene de la percepción, viene de la experiencia que integra al sujeto en un mundo delimitado y preciso, pero viene, también, de los interrogantes que surgen".

Quizás por eso el realismo de Guayaquil excede a su ficción. Y quizás por eso la literatura guayaquileña no logra escapar de la autoficción. Porque ¿de qué otro modo escribir desde una ciudad que te ha mostrado siempre la podredumbre y la necesidad junto a la indolencia y el lujo? No es posible aislarte porque ese tejido la cubre por completo. Una ciudad donde todos hemos sido atravesados por su devastadora dualidad. Donde todos guardamos el recuerdo de haberla recorrido como si fuera nuestra y, al mismo tiempo, como si no nos perteneciera en lo absoluto.

Vuelvo entonces a la reflexión inicial: cualquiera puede ser guayaquileño. En efecto, así es. Pero para serlo debes contar con aquellos rasgos tan propios de quien vive bordeado de agua y entre dos ciudades, a las que ama por igual. Donde incluso el vivir a diario con esperanza y miedo, forman parte de una misma experiencia. (O)

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