Videojuegos, un medio para alejarse de la realidad

- 07 de enero de 2018 - 00:00
Ilustración: Carlos Benavides

Limitar el uso y propiciar el diálogo son algunas de las estrategias para evitar que los menores se conviertan en adictos a esta actividad. Para algunos especialistas la solución está en simplemente no comprar este tipo de dispositivos e impulsar a que los chicos encuentren otras formas de recreación.

Si en los años 70 y 80 la niñera era el televisor, hoy son los videojuegos ya sea en una consola, en el computador o en otros dispositivos tecnológicos como el celular.

En estos días circuló en una red social un video en el que se evidenció cómo los padres deben destruir consolas de videojuegos para que sus hijos dejen de jugar. La reacción desesperada y agresiva de los menores, más allá de la gracia que puede causar a algunos, muestra una realidad, muchos niños, adolescentes, jóvenes e incluso adultos, presentan rasgos adictivos a los  videojuegos.

A los consultorios de psicoterapeutas cada vez llegan más padres que ya no saben cómo controlar a sus hijos, pues pasan mucho tiempo jugando frente a un monitor, no obedecen ordenes ni las reglas del hogar, cambian de humor constantemente, entre otras reacciones.

Alexandra Armas, psicóloga clínica, explica que la adicción es un acto compulsivo que genera que una persona realice una acción de una manera rutualística que hace que deje de lado otro tipo de actividades, su atención se enfoca en una acción específica, descuidando otras áreas de su vida.

Cambio de humor, el acto repetitivo de cierta conducta, pasar por alto reglas establecidas dentro del hogar y algunos síntomas físicos son algunos de los criterios que se consideran para diagnosticar que una persona padece una adicción.

Estas características ya se observan en los adeptos a los videojuegos, sin embargo, según Armas, esta conducta aún no está declarada como una adicción. Sin embargo, se trata de una conducta compulsiva, pues la persona no es capaz de sopesar pros y contras de su accionar y, a pesar de que existen más contras, vuelve a jugar por la gratificación sensorial.   

Al igual que otras adicción, como a sustancias psicoactivas, a nivel neuropsicológico se da el mecanismo de recompensa, que es cuando la persona busca obtener la sensación placentera y única que le da el juego patológico porque este estimula su sistema límbico, el sistema que regula las emociones. 

Pero además de sentir esa sensación exacerbada, el jugador logra desconectarse de la realidad. De ahí que Armas explica que este tipo de adicción es el síntoma más claro de que algo está pasando en el entorno familiar, académido o social.

Los padres deben pensar qué están facilitando a sus hijos para esta realidad. Deben reflexionar sobre qué está pasando en la familia para que sus hijos hayan perdido el norte y se hayan perdido en los videojuegos y se vuelva la situación incontrolable en la que el adulto ya no saben qué hacer pues sus hijos ya no obedecen, cambian de humor y descuidan sus actividades académicas o extracurriculares.

“Hay investigaciones que demuestran que el diseño de las imágenes de los videojuegos que pasan de una manera muy rápida que no le da la posibilidad al cerebro de procesar toda esa información que está observando, el hecho de que hay que matar, de que ganas si matas o aplastas más, sumados los sonidos que se generan, las luces y la iluminación envuelven a la persona”, explica Armas.

Una adicción es multicausal. Por ejemplo, jugar descontroladamente puede ser una conducta compensatoria ante una emoción que la persona está experimentando y no sabe cómo expresarla, jugar le impide tomar contacto con la vida real y con una situación en particular.

Es un comportamiento que se puede dar en personas de todas las edades, desde niños hasta adultos. Armas cita un caso muy común en la actualidad, muchos videojugadores se refugian en esta actividad por la soledad que sienten ante la ausencia de sus padres que trabajan todo el día. 

La sugerencia de la especialista es que los padres acompañen a sus hijos y vean qué están jugando, pero sin que parezca que intentan imponerse o que los están retando a que hagan lo que al adulto le parece. Se trata de propiciar un espacio en el que puedan conversar y el menor pueda reflexionar. Además, es importante que los adultos les explique en que se trata tan solo de un juego y que la vida real es otra. Asimismo es fundamental no caer en el error de prohibir un juego con el argumento de que al padre no le gusta, el menor rebuscará maneras de jugarlo porque se convertirá en un desafío lograrlo.

Aunque para evitar comportamiento adictivos es útil poner horarios para el juego y un tiempo determinado. Pero atención, el hecho de que su hijo esté jugando en casa no está seguro ni protegido, porque no lo está haciendo solo, a través de la red se está conectando con más gente. Armas recalca la importancia de la compañía de los padres.

La tecnología es algo que está y no lo podemos parar. Cada vez hay un uso más indiscriminado de la misma. Y para muchos padres los videojuegos son una ayuda para que sus hijos no los ‘molesten’. Pero estos afectan a los menores 

Esteban Morales, coordinador terapéutico de la Fundación Educativa Alfaguara, explica que los videojuegos y la tecnología en general afectan a los menores en el ámbito social, emocional y neurocognitivo. Por ejemplo, perjudica su atención y se vuelven distraídos.   

Para Morales, no se puede detener el uso de la tecnología, el mundo funciona a través de ella. Pero lo que se busca es que a esta se le dé un uso positivo. Por eso -señala- hay compañías que crean videojuegos que están destinados al desarrollo del conocimiento, sobre todo al ámbito de las funciones ejecutivas, como planeación, organización, elaboración de estrategias, flexibilidad cognitiva, entre otras. Pero no todas las empresas destinadas a crear videojuegos tienen este objetivo. La realidad es que la mayoría de los juegos son violentos, en los que se naturalizan actos que no son normales, como los de matar, disparar y robar. Por eso muchos menores de edad son más agresivos.

Además, ese quebrantamiento de la ley confunde la percepción del menor. El jugador está haciendo algo que no está permitido ni en el ámbito social, moral ni legal. Pero el niño en la vida real le da un golpe a su compañero y no lo ve como algo tan malo porque ya está acostumbrado a hacerlo en el juego.

El cambio de humor, irritabilidad, dificultades en su atención, no sentir la necesidad de socializar, de tener amigos, no querer hacer actividad física- como jugar en el parque, sino que más bien todo el tiempo espera el momento de estar frente a las pantallas, son algunas de las características que Morales asegura se observan en chicos asiduos a este tipo de entretenimientos.

Si el padre ya observa estos comportamientos, e incluso para prevenirlos, Morales recomienda retirar todos aquellos videojuegos agresivos. No tiene sentido que jueguen eso ni un minuto. Se puede permitir aquellos que ayudan al desarrollo mental y del intelecto, pero su uso debe ser igualmente limitado y muy corto.

“Los niños tienen etapas en su crecimiento en las que tienen que desarrollar habilidades físicas, emocionales y cognitivas; eso se da a través de la interacción social, de actividades psicomotrices, de estar en contacto con la naturaleza, eso no se puede evitar”, dice el especialista.

Según la opinión de Morales, no se deberían comprar videojuegos, pues no tiene sentido adquirir una consola y limitar su uso si el menor pasa solo en casa todo el día, él se dará modos de jugar. Recomienda que a los hijos, desde pequeños, se les enseñe que el uso de la tecnología es por tiempo y en compañía de un adulto. Pero además es fundamental que tengan otras opciones de juegos, de actividades lúdicas y tiempo de calidad con la familia. (I) DIA7

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