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Seguimos revoloteando mariposas

Hace 60 años el legado de las mariposas aún perdura en nuestra mente, reivindicando su muerte con cada grito-denuncia que hacemos en contra de la violencia.
29 de noviembre de 2020 07:00
Carlos Almeida / El Telégrafo
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Cada 25 de noviembre una suerte de indignación va recorriendo lentamente todos aquellos espacios donde ya no hay vida, sueños ni proyectos por pensar, por crear, por cumplir; y, es que las cifras nos siguen diciendo que cada 72 horas se produce un femicidio que son 101 registrados en el 2020, lo que significa que esas vidas fracturadas son el testimonio de una realidad que lejos de desaparecer se recrudece. 

La igualdad, una vida libre de las múltiples formas de violencia, la garantía insoslayable del acceso a una justicia que sin dilaciones incorpore procesos menos letárgicos para la trayectoria de la víctima en el afán de restaurar sus derechos, son los horizontes, fundamento, origen e imperativos de nuestras voces que en legítima intención demandamos que la impunidad no sea más un factor determinante en la aspiración plena de resistencia al patriarcado, resistencia a la sangrante y doliente realidad que muestra que “en 22 de las 24 provincias del Ecuador se han registrado casos de feminicidios, en lo que va del año. Las provincias que registran el mayor número de feminicidios son: Guayas, con 26 casos; Pichincha, 19; Manabí, 10, seguidas de Azuay, Los Ríos e Imbabura, en donde se registran cinco casos en cada una de ellas”.

Hace 60 años el legado de las mariposas aún perdura en nuestra mente, reivindicando su muerte con cada grito-denuncia que hacemos en contra de la violencia; tal como decía el poeta Pedro Mir, evocándolas: “Es que hay columnas de mármol impetuoso no rendidas al tiempo y pirámides absolutas erigidas sobre las civilizaciones que no pueden resistir la muerte de ciertas mariposas.”, y, ahora más sentido hace cuando desde una genealogía propia estamos incidiendo en la historia visibilizando la exclusión, el reconocimiento de un Estado deudor que en completa orfandad de políticas públicas no garantiza la creación de condiciones óptimas para la erradicación y prevención de la violencia.

Los espacios para el menoscabo de la dignidad de nuestras existencias son múltiples y con el tiempo van evolucionando, reptan con la versatilidad con que el mundo teje sus realidades, hoy, las redes y plataformas virtuales representan un claro indicio de esta premisa, esto, nos dice a todas voces que el sustrato de fondo continúa siendo el mismo, las redes sociales están en la actualidad expresando y visualizando una realidad ya existente: machismo, violencia, relaciones de poder asimétricas, y al mismo tiempo, la realidad de una sociedad que ejerce acoso sexual contra las mujeres también en digital, imprimiendo con ello una violencia vanguardista-contemporánea.

Quienes han vivido en sus cuerpos y almas la experiencias de violencia y olvido, hoy saben que hubieron tres mujeres cuyo costo vida (Hermanas Mirabal) ha hecho posible esta resignificación del contenido históricamente designado a la resistencia, a la demanda legítima donde el reflejo y eco de esas voces que jamás se silenciaron son parte de estas respuestas a las que hoy, aún en 60 años, vemos como tarea infatigable e inacabable; precisamente por aquellas historias y sueños que se vieron interrumpidos por el verdugo femicida. Ante ello, convirtamos cada espacio en trinchera para denunciar estas violencias, para deslegitimar los estereotipos de una sociedad que debe problematizar la falta de horror para confrontar estas cifras. Conmemoramos el legado de las mariposas, de las anónimas, las activistas, las que son parte de un informe, las q se transformaron en estadística, las que en su silencio viven la desesperanza, las que en su miedo erigen trincheras, por las que deciden amar sin murallas, por las que quisieron atravesar fronteras y fueron vilipendeadas, por las de ayer, por las de hoy, seguimos revoloteando mariposas. (O)

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