Los venezolanos cambian el look a los guayaquileños

- 10 de diciembre de 2018 - 00:00
Divinson Ortega, de 21 años, trabaja como barbero en un local del norte de la ciudad. Llegó hace seis meses al país. Trabajó en Santa Elena en Barber Shop. Aconseja a sus clientes invertir en su imagen y estar a la moda con los cortes.
Foto: Miguel Castro / EL TELÉGRAFO

Estilistas de la tierra de las “misses” asesoran a los ecuatorianos. Los hombres ahora se preocupan más por sus cabellos y las cejas, mientras que ellas por las uñas.

No usan gorras o chompas con distintivos, no venden arepas o jugos en las calles  ni se paran en los semáforos a pedir dinero.

Los venezolanos Divinson Ortega, Jéssica Castillo, Jesús Mateo, Ángel Sarmiento y Jéssica Ruiz trabajan para embellecer a los guayaquileños, a los turistas y a sus paisanos. Ellos llegaron a Ecuador hace menos de un año debido a la situación económica que atraviesa Venezuela, donde ya estaban inmersos en el mercado de la belleza.

Jesús Mateo pasa la máquina para cortar cabello por el costado izquierdo a un cliente hindú en las calles capitán Nájera  y Eloy Alfaro. Hace lo mismo del lado derecho para dejar más volumen.

La técnica se denomina fade o degradado, uno de los estilos más requeridos. Es el look de David Beckham y Cristiano Ronaldo.

El estilista, de 29 años, lleva cuatro meses en el país, pero antes pasó por Brasil y Colombia, donde laboró como barbero. Dejó el estado Vargas (Venezuela) para buscar nuevas oportunidades.

Jesús, con 13 años de experiencia, corta el cabello y a la vez da consejos en la materia.  “El estilo da presencia a un hombre”.

Sin embargo, reconoce que algunos regresan a destiempo. “Los ecuatorianos se cortan cada dos meses o a veces hasta más”. Lo deben hacer dos veces al mes.

En el mismo salón labora Jéssica Castillo, de 30 años, quien pinta las uñas de los pies a una adulta mayor. Lo suyo es manicura y pedicura. Ella inició cuando era adolescente en Táchira (Venezuela).

Hace 20 días ella subió a un bus y tras cinco días arribó a la ciudad puerto. A los ocho  consiguió trabajo en este salón donde la mayoría son sus compatriotas.

Ella, que proviene de la tierra de las “misses”, recomienda a las clientas que se retoquen cada 15 días. “Los hombres se enamoran de una mujer por los pies  y manos”, comenta con picardía.

Observa que cada vez más aumenta el interés por acudir a los salones. “Me piden distintos diseños que los realizo con mucho gusto. Gracias a este trabajo mantengo a mi familia, pues mi esposo no tiene empleo”.

En cambio, Divinson, de 21 años, trabaja para Barber Shop The Elegance, al norte. Él hace estilos (de clásicos a modernos) y cambia looks.

Para él, que está desde hace seis meses en el país, el mercado va creciendo. “Los hombres, como las mujeres, necesitan estilista. No somos peluqueros sino barberos”.

Ángel, su colega, atiende a un adolescente en el mismo salón. Le hace un corte clásico y le baja el volumen con  máquina. Termina tras el lavado de cabello y su secado.

Otro joven le enseña una foto de Cristiano Ronaldo y le dice que quiere algo parecido.

Ángel, oriundo de Valencia (Venezuela), posee casi un lustro de práctica. En su país a la gente le gusta estar bien arreglada. “El cabello da presencia”, comenta.

Él también “esculpe” las cejas. Los costos de ese trabajo van desde $ 3 a $ 5.

El cliente Julio Moreno, que acudió con su hijo José, de 13 años, asegura que la atención de los venezolanos es buena. Los foráneos -acota- ofrecen tips acerca de lo que va con la edad del usuario. “Cuando hay dinero aprovecho para que me apliquen mascarillas”.

Jéssica Ruiz es otra venezolana que encontró un nicho  laboral en la belleza. Ella hace medio año comenzó vendiendo arepas y hoy es manicurista en un gabinete y atiende a domicilio. 

Para la caraqueña hay ecuatorianas bellas ocultas. Y ellas las ayuda a descubrirse con  uñas acrílicas. “Son un boom”. Ella ahora las asesora y así ayuda a su familia. (I) 

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