Un violinista manabita obtuvo la nota más alta

18 de marzo de 2012 - 00:00

Los Castro Zambrano tienen dos tortugas que retozan en una tina, además un perro, dos gatos, tres pájaros y un grupo de gallinas no comestibles que corretean libres por el patio. “Siempre les hemos inculcado el respeto por los animales”, dice Aracely Zambrano, mientras Enmanuele, el menor de la familia, juega Age of empire en la computadora.  

Hace un mes, Rafael, el protagonista de historia, no imaginaba que iba a sacar 944 sobre 1.000, la calificación más alta del país, en la prueba de admisión para estudiar en una de las cinco universidades públicas del Ecuador que ingresaron al sistema. Entonces tenía en mente estudiar Ingeniería Ambiental en la Universidad Politécnica del Ejército y perfeccionar su técnica e interpretación del violín. 

“Son 4.000 metros cúbicos”, le explica Rafael a Luis David, su amigo y ex compañero en el colegio Julio Pierregrose, mientras resuelven una prueba de Lógica Matemática, sentados en el mesón de la cocina.

Luis David quiere estudiar Medicina, y habla de la supuesta corrupción que recubre a esa Facultad en la universidad pública de su ciudad, “por eso yo  me iré a Cuenca”, señala. 

Los Castro Zambrano viven en Manta. “La gente se va a la plaza del Howard Johnson a tomar, pero nosotros no, además a Rafael no le gusta salir, tenemos casi que rogarle para que lo haga”, cuenta Luis David. 

“En las tardes voy al conservatorio de la universidad Laica Eloy Alfaro y cuando estaba en el colegio hacía los deberes en la madrugada. Me levantaba a las tres de la mañana”, recuerda Rafael.

Luis David lo desmiente: “Si los ibas a terminar al colegio”, una frase que su madre, Aracely Zambrano, refuta contundentemente.

18-03-12-sociedad-violinista1Desde los ocho años, Rafael toca el violín. Hace un año se convirtió en profesor y todos los martes y  jueves llega Meily Murillo, una ex compañera de colegio, con el violín a cuestas, para que le enseñe. “Hace un año hicimos una apuesta: si yo sacaba menos de 17 en Física, él me iba a enseñar cómo tocar el violín y así fue...”

“No es que él se coma los libros, pero llevamos una rutina de estudio; salimos a las siete de la mañana y vamos todos al colegio porque yo también trabajo allí”, cuenta Aracely.   

“A la una y media salimos y a las tres vamos todos al conservatorio. Él regresa a las ocho de la noche, y ahora que ya se graduó está ayudando a otros compañeros para entrar al examen”, detalla.   

La prueba la rindió en Portoviejo. “Aunque faltó tiempo, el examen estaba relativamente fácil”, cuenta Rafael. “Teníamos dos horas para realizarlo pero se dieron un sinnúmero de cosas”.

Cuenta que había dos delegados controlando el desarrollo del proceso, uno representaba a la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Innovación y Tecnología, y otro al colegio donde se reunieron los estudiantes: “Instalaron una alarma y el chiste era comenzar al mismo tiempo, pero en vez de utilizar la media hora que pasamos sentados se tomaron parte de las dos horas para explicar cómo teníamos que trabajar en la prueba”, cuenta.

“Además, cada examen venía cerrado con cintas; yo intentaba sacarlas y miraba a mis compañeros, que tampoco podían hacerlo, por ello donde quiera que miraba me encontraba con las mismas caras de desesperación”, recuerda. “Las habilidades lógicas para ese examen no las adquirí en el colegio sino en la escuela”, dice. 

Ahora, Rafael tiene que escoger entre cinco carreras y cuatro países  (Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Canadá), para ingresar a una universidad. No descarta estudiar Ingeniería en Sonido. 

El joven prefiere pasar de las fotografías. “¿No es suficiente con la entrevista?”, dice, pero finalmente, ante la insistencia, acepta sentarse con Meily, junto a la cocina.

A su madre le gustaría que saliera retratado con el violín, pero a él no le gusta la idea. Ella le acerca despacio el instrumento, para introducirlo en el cuadro, mientras la cámara dispara por segunda vez.   
Rafael cierra con visible enojo la tapa del estuche y se retira a su dormitorio. 

Las tortugas se pisotean con violencia la una a la otra y raspan el plástico, alzando la cabeza sobre el borde para salir de la caja de plástico que, al parecer, les ha quedado muy pequeña.

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