Shaglli es el poblado azuayo que vive entre el mito y el encanto

- 06 de abril de 2018 - 00:00
Esta parroquia cuenta con una gran variedad de costumbres, leyendas y tradiciones que hasta la actualidad se mantienen, tanto en la vida cotidiana como en las festividades de la localidad.
Fotos: Miguel Arévalo / El Tiempo

La iglesia y el parque central son el corazón del sitio. En un día lluvioso hace frío y los mayores permanecen abrigados en sus antiguas viviendas. La localidad tiene un importante potencial turístico.

En el lugar no se ve ni un alma, solo unos pocos carros parqueados. La tienda de don Miguelito Durán y el pequeño restaurante de doña Silda Cabrera son los únicos locales que lucen iluminados, pero no siempre fue así.

Hace unos 50 años, la parroquia “era viva” -narra doña Silda-, había gente caminando de un lado a otro, se negociaba con los frutos que se cosechaban, se hacían mingas, los niños también corrían por las calles, había alegría y buena economía.

Ahora la mayoría de los nativos han migrado. Algunos hacia las grandes ciudades y otros al extranjero; son pocos quienes decidieron quedarse en este lugar. Pero son ellos los últimos que conservan en su memoria las maravillosas leyendas que les contaban los mayores.

Para ir a Shaglli hay que llegar primero a Santa Isabel, que está a una hora y media de Cuenca, unos 73,2 kilómetros de distancia.     

“Antes los mayores han sido bien, pero bien serios”, recuerda doña Silda.

Ellos contaban las historias de los cañaris y de los incas que pasaron sus días en ese sector y que dejaron la ‘encantada’ Carachula como un regalo para lo que ahora se conoce como Shaglli.

También les contaron historias del diablo, de las lecciones que les daba a jóvenes majaderos. Los cuatro mayores, doña Silda, Miguelito, Nora y Lastenia, son quienes cuentan a diario estos mitos o leyendas para tratar de conservar la tradición oral viva en la memoria de los pequeños.

La ciudad de piedra
La naturaleza es el regalo en Shaglli. El río, la vegetación verde, frondosa y su clima templado lo hacen un lugar hermoso para vivir.

Nora Rodríguez es nativa de la parroquia; para ella lo más bonito que tiene su pueblo son las maravillosas rocas que están esculpidas en Carachula, a una hora del centro. Es un lugar “mágico” para ella, sus abuelos le “sabían” contar de pequeña que Carachula cogió el encanto de Cuenca. También recuerda con especial cariño que le decían que ahí vivió Rumiñahui y que era un sitio especial adonde se podía ir de paseo y que el simple hecho de admirar las rocas era un regalo.

El fallecido Napoleón Almeida hizo una expedición por Carachula en los años 90.

Llegó a la conclusión de que las piedras habían sido esculpidas por los cañaris, y que no eran formaciones rocosas naturales, tal  como lo relatan los mayores de Shaglli. Para el investigador se trataba de esculturas megalíticas.

Sus casas de madera se han convertido en un atractivo turístico; sus calles adoquinadas también causan asombro a los viajeros.   

Según el arqueólogo, las formas de las peñas se consiguieron gracias a la técnica conocida como desbastamiento y era un centro religioso.

Hay figuras como un cóndor, el mastodonte del Austro, el águila, el puma americano y el mamut o elefante gigante de la prehistoria.

La ciudad de piedra sonaba en Semana Santa
Una de las historias que guardan relación con Carachula fue la que decidió narrar don Miguelito Durán. Está parado en la puerta de su tienda. Cuando escucha sobre el deseo de saber acerca de las leyendas de su pueblo, no duda en entrar al local y sentarse frente a una mesa redonda.

“¡Carachula ha estado encantada!”, exclama como si se tratara de una gran revelación y narra lo que de pequeño le contaron: “En la época de Semana Santa, la ciudad de piedra sonaba, sonaban sus campanas y los antiguos se iban tocando el bejuco desde Pedernales hasta Santa Isabel”, relata.

El hombre  levanta la vista hacia el techo y continúa diciendo que su pueblo Shaglli está más cerca del cielo, suelta una risa y asegura que esto a 3.500 metros sobre el nivel del mar es normal

Recuerda claramente que los mayores le contaban que los incas estuvieron en esas tierras y que fueron ellos quienes construyeron muros en los cerros y que eran muy sabios.

El sobrino ‘malcriado’ de doña Silda
Silda Cabrera es conocida en el pueblo como doña Alidita. Nació y creció en Shaglli. Está en su restaurante y cuenta que de pequeña todos los vecinos se reunían para pelar maíz en la iglesia y era ahí en donde contaban las historias fantasmagóricas y de ancestros. Eran los mayores quienes se encargaban de hacerlo, pero eran capaces de asustar a los pequeños, pues lo hacían con seriedad, firmeza y con  una mirada convincente que erizaba la piel.

“Es que sí han sido bien serios los mayores, nadie ponía en duda lo que contaban”, asegura doña Alidita, pero ella decide compartir las historias de las que fue testigo.

Aunque no las experimentó en carne propia fue su sobrino majadero y “malcriado”, como lo describe ella, a quien le tocó pasar varias experiencias amargas por no hacerle caso a su madre.

Israel Bermeo decidió irse a una fiesta una noche. Su madre le dijo que no, pero él no le hacía caso y después de decir malas palabras se fue en su bicicleta. Después de tomar algunos tragos quiso regresar al pueblo, cogió de nuevo su bicicleta y cuando iba por el camino empezó a escuchar el ruido “de un puerco charrasqueando”.

Se regresó para buscar compañía, pero no encontró y se tuvo que regresar solo al pueblo. Llegó a casa temblando de miedo, se escondió, pero a pesar de eso su madre lo encontró y lo castigó.

El hombre que se durmió en Carachula
Es la esposa de don Miguelito Durán. Ella es nativa de Pijilí, pero conoce bien las historias que hay en Shaglli.

Con la ayuda de su marido decidió contar la historia del hombre que fue a explorar Carachula, pero que se durmió durante ocho días.

“Contaban los mayores que la ciudad encantada hizo que se durmiera”, cuenta. Justo cuando se despertó vio un gran hueco en donde había de todo. Podía haber tomado lo que quisiera, pero no. No lo hizo y cuando se dio cuenta ya se había cerrado el hueco.

Son muchas las leyendas que hay en Carachula y en Shaglli, pero los mayores eligieron contar las que les gusta.

Cómo llegar
Para ir a Shaglli hay que llegar primero a Santa Isabel, que está a una hora y media de Cuenca, unos 73,2 kilómetros de distancia. Luego hay que tomar la vía Cañaribamba, pasar este pueblo y coger una vía de tierra que está llena de baches.

Luego de rodar durante una hora se llega al pueblo de Shaglli. Allí está la iglesia y el parque, pero para conocer la popular Carachula, que es el orgullo de los moradores de la parroquia, se debe rodar una hora más. (F)   

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