Orine humano impregnado en la calle propaga bacterias

- 15 de agosto de 2019 - 00:00
La pared de una casa de construcción mixta, en las calles José de Antepara y Julián Coronel, permanece humedecida porque es usada como “urinario”. Transeúntes y conductores miccionan allí pese a que hay prohibiciones.
Foto: José Morán / El Telégrafo

El mal hábito de miccionar en paredes y vías públicas desencadena enfermedades gástricas y atrae plagas como las ratas. Las fuentes hídricas también se pueden contaminar.

En la pared blanca que divide dos casas en las calles 25 y Francisco Segura (Guayaquil) resalta en grandes letras negras la advertencia: “No se orine aquí”.

Los vecinos del sector escribieron eso con pintura porque están cansados de que transeúntes y peatones empleen esta zona como urinario público.

Michelle Quimí, propietaria de una tienda cercana a este punto, aseguró que al lugar llegan caminantes y taxistas. “Es insoportable el hedor. Mis clientes se quejan”.

Pero más allá de ese rechazo, el mayor problema radica en la amenaza sanitaria que eso representa para los habitantes. Entre los principales -según los galenos consultados- están los mareos, las náuseas, los vómitos y las alergias.

La patóloga Sandra Villao, del Hospital Teodoro Maldonado Carbo (Guayaquil), explica que esos fluidos generan multiplicación de bacterias en el área. El efecto colateral es la presencia de roedores, que a su vez propagarán afecciones zoonóticas como leptospirosis y hantavirus.

Para Karla Moreno, infectóloga del Hospital General Los Ceibos, esta situación recurrente debe ser ya considerada como una urgencia de la salud pública. Este mal hábito -añade- Moreno- desencadena otro tipo de contaminación.

Las superficies donde se concentra la orina están colonizadas por gérmenes y bacterias multirresistentes (escherichia coli, gran positivo y gran negativo).

Las personas que llegan a tener contacto con esas áreas los contraen (si no se lavan las manos adecuadamente). “Por ejemplo, hay vendedores informales de comida que realizan sus necesidades biológicas en la calle y luego manipulan los alimentos”.

De su lado, Villao advierte que 800.000 bacterias pueden albergarse en las manos. Para evitar aquello, la nutricionista Ana Vera, del Centro de Salud tipo C (de Guayaquil), aconseja que se consuman productos empaquetados.

“Cuando las toxinas y los gérmenes que se eliminan a través de la orina entran en contacto con la comida, provocan contaminación cruzada. Lo más común es que la persona desarrolle salmonelosis”.  “No sabemos si aquel que vende un producto en la calle tuvo asepsia adecuada”.

Los lugares públicos que se vuelven urinarios alojan microbios. Entre ellos -detalla Iban Castro, epidemiólogo del Hospital Guayaquil- se encuentra el estafilococo. Este tipo de malas prácticas tiene impacto ambiental y altera el equilibrio.

Gloria Roldán, docente de la carrera de Ingeniería Ambiental de la Universidad UTE, detalló que ese fluido (excreción con 95% de agua, 5% de sales, urea, ácido úrico, amonio) puede llegar a cuerpos de agua cercanos de consumo humano. “El amonio en el agua produce oxidación del líquido y nitrificación, es decir, eliminación de nitrógeno en la fuente hídrica”.  

La Universidad UTE realizará, próximamente, investigaciones sobre el daño que se ocasiona a las personas.

orine humanoEn Guayaquil, los transeúntes esquivan los residuos humanos que fluyen por una acera en el Parque Victoria. Foto: José Morán / El Telégrafo

orine humanoEn la Prosperina hicieron un letrero. Foto: José Morán / El Telégrafo

Un problema intercantonal

En Quito ya se han identificado 60 puntos mal usados como baños públicos. Patricio Espín, director de operaciones y servicios de la Empresa Pública Metropolitana de Aseo (Emaseo), menciona sitios cercanos al Centro Histórico, Avenida Michelena, la Mariscal Sucre y más.

El Cabildo -informa- posee cuatro unidades que, con agua a altas temperaturas y detergente biodegradable, desinfectan los pasos peatonales, aceras, calles y esquinas contaminadas. A la ciudad, este tipo de limpieza le representa un gasto de $ 44 por hora. La sanción para los infractores asciende a una multa de $ 78.

Para la catedrática Roldán, una posible solución sería la instalación de baños públicos portátiles y de cámaras para identificar a los malos ciudadanos. “Es un tema de concienciación”.

En Guayaquil, Xavier Narváez, titular de la Dirección de Justicia y Vigilancia del Municipio porteño, asegura que existe una ordenanza que prohíbe satisfacer las necesidades biológicas en la vía pública. Sin embargo, la considera “letra muerta”, ya que es difícil de demostrar el hecho.

Según esta norma, a quien se sorprenda cometiendo la falta deberá pagar entre $ 49,25 y $ 295,50. No obstante, “eso es de difícil aplicación.

Es como el caso de los peatones que cruzan la calle sin respetar las leyes de tránsito. Antes el que se orinaba en la vía pública iba preso, pero con el gobierno de Correa eso fue eliminado”. Hoy apelan a la cultura de las personas: “no podemos hacer más”.

En Samborondón (Guayas) tienen una ordenanza que castiga ese comportamiento. La multa que pagan los infractores es igual a la de Guayaquil. Desde 2011 se castigó a 250 personas.

El comisario Víctor Solano explica que realizan recorridos diarios por sus avenidas. “Cuando se identifica a alguien cometiendo el acto se lo traslada a la Comisaría”.

¿Por qué orinan en la calle? El psicólogo Christian Yong explica que es un tema de educación en la casa. Los padres normalizaron esos comportamientos -seguramente- desde la niñez. (I)

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