Ninguna mujer está a salvo

Lejos de pensar que estos hechos hayan sido perpetrados por villanos ficcionales, se reafirma que esa violencia atroz, que esta evidente intención de causar sufrimiento, es perpetrada por personas que gozaban de la confianza y mantenían vínculos de afecto o cercanía con las víctimas.
22 de marzo de 2020 00:00

Por Sarah Salazar

Adriana Camacho, Paola Guzmán, Juliana Campoverde, Ingrid Escamilla, Fátima Aldrighett, Marbella Valdez, Micaela Gordillo, Camila Carmona, Doris Guamán, Gabriela Pedraza, Carolina Aló, son más que nombres. Son la muestra indeleble de una violencia sistemática, son la estadística aterradora y siniestra de una realidad que no da tregua.

Cada caso particular comparte como escenario común: la vida de las mujeres reducidas a una estadística de muerte.

Lejos de pensar que estos hechos hayan sido perpetrados por villanos ficcionales, se reafirma que esa violencia atroz, que esta evidente intención de causar sufrimiento, es perpetrada por personas que gozaban de la confianza y mantenían vínculos de afecto o cercanía con las víctimas.

Desde allí los escenarios dejan de ser excepcionales, dejan de estar al margen de la historia para convertirse en una posibilidad real para cualquiera de nosotras; por ello, ninguna está a salvo.

Ninguna está a salvo; ni en el contexto de una pandemia como el coronavirus, que nos plantea una cercanía forzada con nuestros agresores, aumentando así nuestro riesgo de ser violentadas solo por el hecho de convivir con nuestro círculo familiar más íntimo.

Con el agravante adicional de que, en estas situaciones de encierro forzoso en casa, las tareas domésticas, ese trabajo no pagado, también recae mayoritariamente en las mujeres.

La periodista y escritora española Cristina Fallarás abordaba esta situación hace unos días en un texto sobre el riesgo que corren las mujeres que se quedan en sus casas con sus maridos maltratadores.

Y dice: “las bestias están ahora encerradas con sus víctimas, furiosas, relamiéndose los bigotes. Y estos días, quién sabe hasta cuándo, con el confinamiento, la escapatoria resulta un poco más difícil”.

Las medidas para confrontarlo han surgido de los colectivos feministas, que buscan ilustrar las vías de escape, los mecanismos idóneos de respuesta. En efecto, nos encontramos en amplio ejercicio de radicalizar la sororidad, hoy es cuando.

Incluso la Fiscalía General del Estado, consciente de este tema, cumplió también con publicar la semana pasada un comunicado para informar que, durante el estado de excepción, las fiscalías de flagrancia a escala nacional atenderían de manera normal, las 24 horas de los siete días de la semana para conocer denuncias de violencia de género.

Ninguna está a salvo; en una sociedad donde las agresiones permean ante la indiferencia de espectadores cómplices que cliquean frenéticos la sordidez de un mundo violento que fueron incapaces de detener o sencillamente reprochar.

Ninguna está a salvo; puesto que, sin importar la geografía, enhebramos la culpa universal, por salir solas, por salir con hombres mayores, por exponer demasiadas fotos en Instagram, por confiadas.

Por enamoradizas, por querer sacar provecho, por ser provocativas, por no haber hablado a tiempo, por sí hacerlo y la lista no termina.

Siempre existirá en el mundo social de los predicamentos, una duda instalada hacia nosotras, como motivación única y exclusiva de lo que nos sucede.

Ninguna está a salvo; si incluso desde la mayor autoridad del Estado, en un ejercicio de miopía política, se permitió banalizar la situación de acoso hacia las mujeres reduciéndolo a ser un nimio chiste que pulula indemne en la mente de aquellos que nos objetivizan, que nos descartan.

Ninguna está a salvo; si los medios nos revictimizan glamorizando a los femicidas desde sus espacios: ¿qué hacían antes?, ¿cuáles sueños dejaron atrás?, si acaso eran estudiantes o flamantes profesionales, o artistas connotados.

Mientras que nosotras somos solo un cuerpo más, que se viraliza hacia el olvido; ante ello, el periodismo debe plantearse seriamente deconstruirse e integrar con urgencia en su narrativa una visión de género que evite la revictimización.

Aun así, nos tenemos a nosotras, que elegimos alzar nuestras voces, fracturar la impunidad, elegimos descubrir nuestras fortalezas en la capacidad de visibilizar esta estructura desigual que nos reduce a un número, que nos mantiene en el miedo, que nos envuelve en la culpa.

Nos tenemos, y, decidimos concentrarnos desde diferentes espacios y plataformas, entendiéndonos diversas, reconociendo en la denuncia una vía expedita para exponer la normalidad con la que aún vemos la violencia de género

Históricamente nos han acompañado cientos de mujeres en cuyas voces subyace nuestra fuerza; hoy, nos seguimos acompañando para erradicar la violencia, sabiendo que para ello “es inseparable de la reforma misma de los afectos constitutivos de las relaciones de género tal como las conocemos y en su aspecto percibido como normal”.

Desaprender lo que socioculturalmente nos formó desde nuestras cunas es una exigencia ineludible y una tarea de todos. (O)   

Las mujeres han hecho escuchar sus voces en las calles y en foros en los últimos años alrededor del mundo para exigir igualdad y respeto en el ámbito familiar, económico, sexual, cultural, religioso y más.
Cortesía de Asamblea Nacional
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