La misoginia a flor de piel: el violador eres tú

- 08 de diciembre de 2019 - 00:00

El 29 de noviembre Guayaquil retumbó al son de “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía…”. Luego se replicó en otras ciudades del país. Mientras tanto, las redes sociales se llenaban de odio, rechazo e incomodidad.

Al patriarcado le asusta un montón de cosas: las marchas, los senos y al parecer, ahora los cánticos acompañados de bailes.

Al patriarcado le asusta que las mujeres ya no estemos calladas, que alcemos la voz, que nos estemos tomando los espacios públicos que siempre creyeron propios y exclusivos. Al patriarcado le asusta las mujeres fuertes.

Y lo sabemos porque Twitter nos escupió en la cara que la cultura de la violación está incrustada en la sociedad ecuatoriana:

“Y el violador las vio, y dijo: ni a ti, ni a ti, peor a ti...preferiría morir virgen, me retiro del negocio”, escribió un usuario en respuesta al video donde aparecían mujeres replicando la acción de #ElVioladorEresTú.

Otro decidió que era buena idea que el Monstruo de los Andes –violador y asesino de mujeres, niñas y niños-  resucitara para que las viole a todas las mujeres que aparecen en el video reclamando abusos sexuales.

Comentarios, provenientes de hombres y mujeres, hablaban de ridiculez, de querer llamar la atención, de falta de sexo. Porque, al parecer para ellos, la violación es un premio que las mujeres debemos ganar. Para estos individuos, si cumplimos estándares de belleza establecidos por ellos, elegimos que nos violen.

Mucha gente se reía, a otras nos daba terror, porque son los hombres y mujeres con los que interactuamos en esta ciudad y en este país.

Esos usuarios que escribieron esas atrocidades, pueden ser nuestros maestros, jefes, compañeros de clase, o simplemente la persona que está cerca en algún evento social.

La cultura de violación y la misoginia está a flor de piel, a tinta viva, a dedo suelto.

El silencio fue un potente aliado del patriarcado y ya no está en su cancha, por eso las mujeres, por nuestra parte y gracias a esta canción nos animamos a escribir sobre nuestras experiencias de acoso, abuso y violación sexual.

Como fichas de dominó, una tras otra, nos lanzamos a hablar desde los más profundo de nuestros miedos.

Hablamos de cómo a cualquier edad, en cualquier contexto, en los lugares -al parecer- más seguros, un hombre quiso o abusó de nosotras.

Niña de 10 años que caminaba en el centro agarrada de la mano de su madre fue tocada por un extraño que metió su mano debajo de la falda. Adolescentes de 18 años dormidas en las casas de sus mejores amigas, violadas por “otros amigos” después de una fiesta. Mujeres violadas por sus novios o esposos. Mujeres abusadas por sus jefes. Niñas en casa de abuelos abusadas por tíos. Mujeres nalgueadas en la calle mientras esperaban el taxi.

Miles de historias y no importaba cuántas más aparecieran en el timeline, también asomaron algunos y algunas a contarnos que no nos creían, que estábamos exagerando, generalizando, que seguía siendo nuestra culpa.

Hombres y mujeres ofendidos por la acción y el canto, repetían lo que las feministas escuchamos a diario: “No todos los hombres”. La canción habla claramente sobre un  violador.

La letra está enfocada en retirar la culpa a la víctima y devolverla al agresor. Es una sola estrofa que revienta los sesos. Dolorosa y salvadora. Y cada ladrón, violador en este caso, juzga por su condición.

Después de los aterradores comentarios – aterradores es una palabra que queda corta – vinieron, por supuesto, los “constructivos”, los “estratégicos”: “pero no deberían haber parado el tráfico, lo hacían mejor solo en la plaza”, “yo entiendo que es culpa de los violadores, pero el baile no aporta en nada”, “quiero saber cómo aporta un baile y una canción a las violadas”.

Primero, es indolente que el patriarcado quiera dirigir nuestras luchas políticas. Indolente y cínico.

Nosotras todo lo hemos conseguido peleando. En las calles, poniendo el cuerpo, gritando, resistiendo. Paramos el tráfico para ver si así nos regresan a ver, por lo menos, el conductor o conductora porque el Estado hace rato que nos viró la cara.

Recordemos que en Ecuador todavía las niñas, adolescentes y mujeres víctimas de violencia sexual continúan en maternidades forzadas y como si fuera poco, no garantizan nuestros derechos al quitarnos de las manos el presupuesto destinado para la prevención de violencia de género.

La puesta en escena es hermosa y la canción, sí, pegajosa. Nos alegramos de que la repitan, incluso, si quieren a modo de burla, hasta que se les quede en el inconsciente.

Ojalá que cuando estén a punto de tocar a una mujer sin su consentimiento, recuerden que los violadores son ellos. Algo interesante que leí es que aún apelamos a la relación y cercanía para exigir respeto: “puede ser tu hija, mamá o hermana”, porque solo si somos parte de su familia somos seres humanos. El feminismo marca su agenda con estos comentarios y sí, hay mucho trabajo que hacer.

Este himno tan contagioso como potente, ha logrado exponer, además, que en las redes están todos los potenciales femicidas, también recordarnos que no estamos solas. La energía feminista de Guayaquil y del país es arrasadora. Cada letra de este cántico, que ha recorrido el mundo, nos recuerda que nunca seremos nosotras las culpables de las violaciones que nos realizan ellos.

Hoy tenemos una tarea: cuestionar tanta incomodidad en redes sociales: ¿Por qué les ofende tanto que señalemos al Estado y a los jueces, cuando en este país las niñas siguen siendo madres, a causa precisamente de las violaciones? ¿Por qué me debo disculpar por reclamar cuando a quien están manoseando sin consentimiento es a mí? ¿Dónde está la ofensa en recordarles a los violadores que son eso, violadores? (O)   

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