Más de 800 personas viven y trabajan en las calles del centro de Quito

La ‘sopa solidaria’ acoge a los mendigos en el barrio El Tejar (VIDEO)

Más de 800 personas viven y trabajan en las calles del centro de Quito
23 de marzo de 2014 00:00

Son las 09:45 de un viernes. Hay treinta personas que esperan en la empinada calle junto al cementerio de El Tejar, en el centro de Quito. Una de ellas lee un libro azul con proverbios religiosos, otro joven clava sus ojos en el cerro donde está un puñado de casas amarillas. Algunos, expectantes y curiosos, esperan la camioneta ploma doble cabina que llega con una verdadera navidad a inicios de año.

Entre los túneles de San Juan y San Roque, construidos en 1978 en la alcaldía de Sixto Durán Ballén -a mano derecha- está ‘La Toca de Assis’ en el sector  El Tejar, en el centro de la capital. Un espacio en medio del desierto donde se instala, semanalmente, un comedor solidario para aquellas personas, que por una u otra razón, viven en la calle. La mayoría no tiene familia y quienes todavía conservan algún pariente vivo han perdido el contacto y, además, la noción del tiempo.

En treinta minutos la fila se ha quintuplicado. En medio del patio de la ‘Toca de Assis’ hay más de 20  sillas blancas que conducen a la puerta principal del comedor, donde el piso color vino y la imagen religiosa sobre la pared blanca combinan de maravilla.

Mientras esperan, sor Noemí Cuesta, hermana de la Caridad de San Vicente de Paúl y varios voluntarios arreglan la vajilla de plástico, los vasos y cubiertos coloridos que han traído desde el colegio San Jorge.

También asientan en puerto seguro las humeantes ollas plateadas con arroz, papas, carne; las fuentes con ensalada de tomate; las jarras con colada; los panes, las frutas y los pasteles. “Que entren seis personas, primero las mujeres”, dice sor Noemí. Las acomoda y después llama a los ancianos. Alfonso Tituaña se levanta y, con ayuda de su bastón, apresura el paso. Alguien lo toma del brazo derecho y le alcanza el costal verde que está sobre el piso. “Gracias, estoy bien”, dice. Rocío Vaca lanza una risotada  y, con mirada de complicidad, observa a su derecha y comenta en voz alta: “Menos mal que ya nos vamos a sentar, porque desde ayer no como nada”. 

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La espera desespera. Algunos miran de reojo a quienes avanzan, también a aquellos que se adelantan, a los que se quedan sentados endulzados  por la conversa o los que cabecean por la falta de sueño. Quedarse sin comida es algo inconcebible en sus mentes.

En los rostros de hombres y mujeres se aprecia una infinidad de sentimientos reprimidos, de ira, resignación, inconformidad, depresión y culpa.    

Lentamente se levanta Alfonso, de 95 años. Viste un terno café oscuro, bastante desgastado, con dos grandes rotos en los bolsillos, camisa amarilla con verde a cuadros, zapatos negros con una delgada tira de  suela y un bastón. Casi no ve porque su ojo izquierdo  falla.

Desde julio del año pasado hasta febrero de 2014, en el centro vivían 42 personas en total mendicidad.El costal que antes estuvo vacío, ahora está lleno. Y es fácil suponer que el anciano ha guardado los pasteles y un poco de arroz. “No son para mí. Los únicos que me acompañan son mis perritos, son más de diez. Hace días vinieron tres más, se quedaron en mi terrenito y no quieren salir. Ahora llevo pancito para que no se queden en ayunas”,  comenta. Es uno de los primeros que se ubicó para comer y uno de los últimos en irse, pues su lento movimiento le augura más de tres horas de camino porque vive en la avenida 5 de Junio 11-99, en el sur de Quito.   

La mayoría de la familia de Alfonso descansa en el cementerio de San Diego, excepto un hijo, que todavía vive, y a quien no ha visto. “Ni siquiera pregunta por mí, quería que me venga a ver, a felicitarme, si quiera,  por el año nuevo, pero nada... Cuando uno es viejito ya no vale nada. Así es la vida”, dice.

Rocío termina de comer y observa de reojo. Es muy despierta. Se balancea  en la silla como si tuviera cinco años. Se pasa el peine por su cabellera castaña y rizada e invita a todos a su lado.

 Alrededor de 200 mendigos disfrutan de la ‘sopa solidaria’ a diario.

Hace dos años murió la señora Alba, su empleadora. También perdió a sus padres y desde entonces se quedó sola y en la calle. “Yo quisiera trabajar, pero no me dan la oportunidad, solo sé lavar y planchar. Tampoco sé cocinar muy bien”, balbucea y mueve sus brazos.

Según el Proyecto de Atención de la Fundación Patronato San José, desde julio de 2013 hasta febrero de  este año, en el Centro de Quito, se contabilizaron 114 jóvenes, entre 13 y 18 años dedicados a mendigar, robar y vender de forma ambulante. Además, 837 adultos mayores que habitaban y deambulaban por el casco histórico, sumados a 103 niños que todavía trabajaban. En ese período, un total de 42 personas vivía netamente en estado de mendicidad, incluidos menores de edad.

Antes de que el Municipio trasladara el comedor solidario a El Tejar, las hermanas de la Caridad de San Vicente Paúl alimentaban a los mendigos del centro en el colegio San Jorge, junto a la plaza de San Francisco. La iniciativa fue conocida como la“sopa solidaria”.  

En un comedor disponían varias mesas de tres metros de largo y largas sillas verdes de madera. A este lugar, que todavía se conserva, llegaban más de  400 mendigos que se enfilaban desde las 10:00. Pero esa realidad, desde octubre del año pasado, cambió drásticamente.   

Por orden de las autoridades municipales, las hermanas suspendieron la  repartición de comida. Ahora deben subir a la ‘Toca de Assis’, en El Tejar. “El Municipio nos ha dicho que en la 24 de Mayo preparan otro sitio.

Dicen que lo están adecuando... Les hemos dicho que la gente discapacitada o de la tercera dad no puede subir hasta El Tejar. Siquiera unas 100 personas se quedarán sin comer”, dice sor Noemí con nostalgia.

150 personas indigentes van a la ‘Toca de Assis’, en El Tejar, para almorzar. Hacen fila desde las 10:00.A Jorge Marconi, quien tiene 67 años, le cuesta subir a la ‘Toca de Assis’. Camina dos horas desde la calle donde habitualmente duerme, en el sector de Monjas, en el centro norte de la capital. Cuenta que en ocasiones no sube hasta El Tejar porque le  duele la pierna, pues tiene una herida en el fémur. Cuestiona que se haya cambiado la ubicación del comedor porque tiene otros “compadritos” que no alcanzan a caminar.

“Nosotros somos los desplazados del centro, con nosotros la ciudad no se embellece, por eso cada vez que pueden nos siguen mandando a los cerros para que nadie nos pueda ver y solo se vea lo lindo que es Quito, una ciudad sin problemas, pero es una ciudad sin oportunidades. ¿Usted cree que alguien me contrataría  cuando sepa que he vivido en la calle?”, se cuestiona.

Los 150 platos han quedado vacíos, las tazas también. La comida se ha esfumado y los comensales. Diego Salazar, voluntario que trabaja con sor Noemí, tiene en su rostro una sonrisa de satisfacción. Ha vivido  mucho tiempo en el centro y reconoce que la realidad es cruel. “Hay mucha necesidad y la gente recibe con amor”, dice.

Sor Noemí Cuesta es hermana de la Caridad de San Vicente de Paúl que en la ‘Toca de Assis’ prepara a diario los alimentos con los voluntarios. Fotos: Fernando Sandoval | El Telégrafo
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